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La reforma de la estructura del Estado

El déficit crónico de soberanía cultural

Enric Marín

Catalunya paga un alto precio por no poder gestionar el ámbito de su cultura con independencia

La continuidad histórica del hecho nacional catalán representa una cierta excepcionalidad. En el tránsito a la modernidad la sociedad catalana ha mantenido, renovado y ampliado su identidad diferenciada sin contar con un Estado propio. O peor: superando la adversidad de formar parte de un Estado que ha vivido la singularidad lingüística y cultural catalana como una anomalía irritante. ¿Cómo se explica esta excepción? En parte, por las propias insuficiencias crónicas de la construcción del Estado moderno en España. Y por la capacidad de autoorganización de una sociedad catalana que pronto aprendió a desconfiar del poder que representaba una monarquía hispánica vista como un hecho distante y hostil. También porque, históricamente, las clases populares catalanas han identificado cultura con libertades y progreso social. En La formación de una identidadJosep Fontana lo explica de forma magistral.

La cultura, sin embargo, no es solo creatividad e identidad. También es industria. La segunda revolución industrial impulsó las industrias culturales que a lo largo del siglo XX han dado forma a la moderna comunicación y cultura de masas. Y la alteración de los procesos de producción, distribución y apropiación de bienes simbólicos asociados a la digitalización y a internet refuerza aún más la centralidad política y económica de la cultura. La sociedad catalana no ha vivido al margen de estas transformaciones sociales, demostrando una aptitud más que notable para impulsar la creatividad intelectual y artística también en el terreno de las industrias culturales. En el 2013, el Consell Nacional de la Cultura i les Arts estimaba que, a pesar de la crisis, la cultura genera en Catalunya más de 6.600 millones de euros de valor añadido bruto (VAB). Un 3,6% del total, con 20.132 empresas culturales, que ocupan a 95.000 trabajadores. Esto considerando solo los sectores tradicionales (actividades artísticas y espectáculos, bibliotecas, archivos, museos e industrias culturales), pero si añadimos educación, el VAB agregado es un 7,55%. Muy por encima de las actividades financieras y aseguradoras (5,15%) o industrias, alimentación, bebida y tabaco (2,76%).

En Catalunya se están jugando tres partidas vitales en el triángulo delimitado por la cultura, la educación y la investigación: la renovación del modelo económico, la proyección actualizada de la identidad y una promoción social más equilibrada e igualitaria. Buena parte del futuro colectivo de los catalanes pasa por el tipo de respuesta que tengan estos tres retos. Para responder adecuadamente están casi todos los elementos, pero falta uno básico: el Estado. Sin un Estado que juegue a favor, los resultados siempre serán insuficientes. Y, por ahora, ¿qué tenemos? Un Estado que, teóricamente, ya no tiene competencias en cultura, pero que mantiene un ministerio financieramente mucho mejor dotado que la Conselleria de Cultura. ¿Y qué hace el ministro Wert de estos recursos? ¿Cómo impulsa la cultura catalana? Un solo ejemplo será suficientemente ilustrativo. Con motivo de la reciente crisis del Macba, Eduard Voltas recordaba muy oportunamente que este año el Estado destina al Reina Sofía 35,7 millones de euros, mientras que su equivalente barcelonés se tiene que conformar con un millón. Este desequilibrio representa una diferencial de ¡casi 350 millones de euros en10 años! Hablamos del mismo Estado que, en el contexto del conflicto de los papeles de Salamanca, aprovechó para comprar el archivo fotográfico de Centelles a espaldas de la Generalitat para ubicarlo en el Archivo de Salamanca... O el mismo Estado que aprovecha el reordenamiento del espacio radioeléctrico para reducir a la mitad la capacidad técnica de emisión de TV-3. O el Estado que ha fijado un tipo de IVA que ahoga todas las actividades económicas culturales. Un Estado, en fin, que mantiene un programa de inversiones demencial en la red AVE, mientras limita el apoyo financiero a los programas de investigación o que, gobierne quien gobierne, ha sido incapaz de otorgar a la lengua catalana un reconocimiento sólido.

Después de casi cuatro décadas de democracia, el tronco central del catalanismo ha llegado a la conclusión de que sin la soberanía política y económica que corresponde a un Estado de la UE, la sociedad catalana no tiene las mínimas garantías de continuidad con un proyecto colectivo renovador, atractivo e inclusivo. Pero el precio que la sociedad catalana está pagando por el déficit crónico en soberanía cultural es tan oneroso como el derivado de las insuficiencias en el terreno político y económico. Por eso a nadie debería extrañar que el mundo de la cultura haya sido el primero que ha desconectado racional y emocionalmente de España.

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