Trovador de historias

«Mi cerdito inspirador y yo nos vamos, pero nos quedamos», dejó escrito en la Casa Amèrica

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Las palabras ocuparon cada instante de una vida intensa, que ha llegado a ser plena. Ya fuera en el periodismo, en la literatura o en la poesía. Sus minúsculas libretitas le acompañaron siempre, en cualquier rincón, para anotar en ellas cualquier concepto, por menor que pareciera, que despertara su infinita curiosidad. Eduardo Galeano nos dijo en Barcelona que intentaba que cada palabra que incorporaba a sus libros fuera mejor que el silencio. No hay duda que logró convertirse en un excepcional narrador de historias de la historia, un poeta notable, un arquitecto literario comprometido en lo social y en lo político, transformado en referente a través de sus severas denuncias cargadas de punzantes ironías.

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Un trovador de historias a las que fue acumulando las suyas propias. Logró  escapar por los pelos de Uruguay hacia Buenos Aires; y en 1976, se salvó de una muerte segura de la dictadura militar de Jorge Videla, para encontrar refugio al fin, en España. Fue en Calella de la costa, donde escribiría Días y noches de amor y de guerra, con la amargura del exilio y la desgarradora nostalgia, como trasfondo de su creación literaria. Antes, en 1971, había publicado su obra más reconocida, traducida a más de veinte idiomas y convertida en un clásico desde su primera edición. Las venas abiertas de América Latina, sigue acumulando ediciones. Pero sus otras muchas creaciones no han dejado  de obtener el reconocimiento de multitudes que le han venido rindiendo admiración, transmitida de generación en generación; obras que resisten el paso del tiempo.

En las cenas con los amigos se mostraba alegre, relajado, confiado; en contraste con su calculada prudencia y sobriedad pública. Cuando se sentía cómodo, escuchado pero no observado, se convertía de forma natural en centro de atracción. Coqueto, cautivador, era capaz entonces de provocar carcajadas al recordar, por ejemplo, cómo aquel travieso aprendiz de banquero de 14 años, que también se encargaba de preparar el café para los directivos, lo hervía dos o más veces para provocarles diarrea. Era frecuente verle junto a su amada Helena paseando desde su casa en el barrio de Malvín, hacia la playa en compañía de su perro Morgan, o en un restaurante italiano próximo, donde las fotografías en la pared le muestran junto a su gran amigo Joan Manuel Serrat. Los estudiantes de la Universitat de Barcelona abarrotaron el paraninfo y sus salas anexas en 2012. Sería su última visita a Barcelona. En las paredes de la Casa Amèrica quedarán sus palabras: «Mi cerdito inspirador y yo nos vamos, pero nos quedamos, y estamos sin estar estando: aquí, como un casamericano más».