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La ambición de Erdogan

Georgina Higueras

El presidente ha frenado la modernización de Turquía para dotarse de poderes propios de un sultán

No hace mucho que Turquía era vista como el paraíso al que muchos musulmanes aspiraban. Recuerdo los primeros días de las revueltas del 2011 contra Mubarak en la plaza de Tahrir de El Cairo, donde los jóvenes hablaban de ese país como ejemplo para la construcción del nuevo Egipto. Todos admiraban los logros democráticos y económicos alcanzados bajo la dirección de Recep Tayyip Erdogan, que ofrecía a la juventud un futuro de trabajo y esperanza, al tiempo que un modelo de gobierno islámico moderado.

Los sueños y los éxitos están hoy agostados. La primavera árabe se secó y Erdogan ha perdido el norte después de convertirse en presidente, en agosto pasado. El proceso de reforma y modernización del país se ha estancado, al igual que el camino hacia la Unión Europea. Su obsesión es cambiar la Constitución para dotarse de los poderes que tuvieron los sultanes otomanos, el papel que Erdogan se otorga a sí mismo. Se lo ha creído tanto que se ha construido un palacio de mil habitaciones desde el que interfiere y manipula los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

Hasta ahora, la jefatura de la república fundada en 1923 por Mustafa Kemal, Atatürk, era un cargo casi ceremonial. Erdogan, por el contrario, quiere una república presidencialista. Espera que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), que fundó en el 2001 y con el que ha ganado por mayoría absoluta tres elecciones -lo máximo que permiten los estatutos de su partido-, logre 330 de los 550 escaños de la cámara en los comicios del 7 de junio para adaptar la Carta Magna a sus intereses. Si estos planes le fallaran, tiene uno alternativo: hacer el mismo juego de relevos que Putin en Rusia. Por ello colocó en la jefatura del Gobierno a su amigo Ahmed Davutoglu.

El autoritarismo de Erdogan ha crecido conforme se ha apagado la estrella de la economía. De ser uno de los países emergentes más brillantes, con un crecimiento medio en la pasada década sobre el 7%, a la lista de los cinco frágiles que, según Morgan Stanley, corren el riesgo de darse la vuelta y caer en recesión.

La maternidad como misión

No solo se ha deteriorado la economía, sino también las libertades civiles y la situación de la mujer, a la que vuelve a asignarse, de acuerdo a los principios religiosos del islam, la maternidad como principal misión. En noviembre pasado, con la intención de calmar a las feministas que se han puesto en pie de guerra, el presidente explicó que no puede haber igualdad entre el hombre y la mujer porque va «contra natura». Y concluyó: «Lo que las mujeres necesitan es ser equivalentes».

Los medios de comunicación y las redes sociales sufren un asedio continuo. Cualquier información incómoda para el Gobierno puede acarrear un cierre temporal, el bloqueo del acceso a internet o la detención de periodistas y blogueros. Twitter y Youtube fueron suspendidos a principios de abril, acusados de «difundir propaganda terrorista» por publicar la foto de un fiscal secuestrado y luego asesinado, que mostraba encapuchado a uno de sus captores apuntándole con una pistola. Además, se vetó la cobertura de los funerales y la entrada a las conferencias de prensa a 13 medios críticos que también publicaron la imagen.

El 'trastorno narcisista' de Erdogan

El retroceso es tan dramático que el año pasado el médico y cineasta Mustafa Altioklar declaró que Erdogan sufre «trastorno narcisista». Altioklar se sentó en el banquillo en marzo, al igual que otras 68 personas que han osado levantar la voz contra el presidente. El malestar se palpa en la calle donde se suceden los incidentes, mientras el AKP ha aprobado en solitario una ley que da más poderes a la policía.

Quizá podría señalarse el 2013 como el año de la deriva dictatorial de Erdogan. El entonces primer ministro autorizó la construcción de un centro comercial de estilo otomano en uno de los escasos parques del centro de Estambul, el Gezi. Los vecinos se echaron a la calle y acamparon junto a los árboles que querían proteger. Durante semanas hubo protestas y enfrentamientos con la policía, pero el dirigente insistía en que el proyecto seguiría adelante. Solo después de 11 muertos, 11.000 heridos y 5.000 detenidos escuchó las demandas de la población.

Meses después, en diciembre, se relacionó a Erdogan y al núcleo duro de su Gobierno con un escándalo de corrupción urbanística y sobornos, que forzó la dimisión de cuatro ministros. El caso se ha cerrado al año sin procesar a nadie, pero por las redes sociales han circulado todo tipo de documentos que incriminan al mismo jefe del Gobierno. Erdogan recurrió a la mano dura contra las críticas internas y rechazó las externas como injerencias en los asuntos del país. El líder que convirtió Turquía en la 17ª economía del mundo va camino de pasar de héroe a villano.

Temas: Turquía

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