La rueda

Si hay dios

De haber un dios, no está con los verdugos que dicen actuar en nombre de Alá, sino con sus víctimas

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Marc Marginedas ha relatado el horror. Un infierno de torturas, hambre y muerte. Una pesadilla en el nombre de Alá. Un desvarío con ínfulas sagradas. Pero si hay dios, no estaba con ellos, con los verdugos. Si acaso, se paseaba impotente entre las celdas, revolviéndose en su evanescencia, incapaz de curar aquella herida que no cesaba de sangrar, de consolar al que lloraba, de ofrecer cordura al que había huido al mundo de la locura. Un dios empequeñecido por aquel odio que amenazaba con engullirlos a todos. Quizá más de una noche él también se mantuvo en pie, esposado, haciendo compañía a la víctima elegida. Alzado, con su impotencia. De nada le servía hablar, pues nadie le oía. Tampoco podía ayudar al atormentado, pues no tenía ni brazos para sostenerle. Y rezar… ¿a quién rezan los dioses?

Si hay un dios, también se colocaba cara a la pared, con las manos apoyadas en el muro, y cantaba con el resto de rehenes la macabra versión de Hotel California. Oía todas las voces, reconocía todos los acentos y los sumaba a todas las voces que han muerto en su nombre desde que el hombre necesitó auparse en los dioses para conquistar el poder. Hacía recuento de rostros, una lista interminable, y se sentía viejo y cansado, incapaz de soportar tanto peso. Pero había momentos en los que rejuvenecía. E incluso acompañaba a esos hombres en sus risas, cuando ellos se refugiaban en una carcajada arrancada al dolor. Se alegró de despedirse de Marc. Le hubiera gustado decir adiós a todos. Pero a algunos solo pudo acompañarlos. Si hay dios, en los últimos segundos de James, Joel, David y Allan se arrodilló frente a ellos. Él también temblaba. Inspiró el último aliento de las víctimas y, entonces sí, al fin pudo fundirse en un eterno abrazo. Si hay dios, sigue llorando, pero sus lágrimas no empapan la tierra.