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De, para, sobre mujeres

Jenn Díaz

Una escritora publica una novela cuya protagonista es una mujer. Lo que ocurre en la novela pertenece al mundo intimista, doméstico, cotidiano: lo que podríamos entender socialmente por el mundo femenino. Al menos hasta ahora, o todavía ahora. Cuando la novela es noticia, los periodistas le preguntan si escribe para mujeres. No, no estoy haciendo el mismo ejercicio que Virginia Woolf: no hablo de una supuesta Judith Shakespeare, ni de una anécdota que me han contado; hablo de mí. Sí, no es broma, me han preguntado con cada una de mis novelas si escribo para mujeres. Si fuera un hombre y publicara una novela cuyo protagonista es un hombre no me harían la pregunta. Sí, aún estamos así.

No me detengo en este punto, porque después de vivir lo mismo en los últimos años he reflexionado sobre ello. Y cuando llega el momento de responder a la pregunta ¿crees que hay una escritura femenina? no sé qué responder. No es cierto: sí sé qué responder. Puedo responder y respondo que existe una literatura femenina, puedo responder y respondo que yo escribo literatura femenina. Sé bien lo que quiero decir, y sé bien lo que doy a entender. Quiero decir que escribo, como mujer, no cosas de mujeres, pero sí cosas que les pasan a las mujeres. Es exactamente eso lo que quiero decir. Pero doy a entender otra cosa: que como escribo cosas que les pasan a las mujeres, solo les interesa a las mujeres —y es susceptible de ser considerado de baja calidad. Yo, en cambio, no soy hombre y me interesa lo que les pasa a los hombres; no soy animal y me interesa lo que les pasa a los animales; no soy prostituta pero me interesa lo que les pasa a las prostitutas; no soy madre pero me interesa lo que les pasa a las madres. Supongo que se entiende lo que quiero decir.

De esto y la cultura y la mujer trata el libro El silencio de las madres (Aresta, 2015), de Laura Freixas, luchadora infatigable contra la desigualdad de la mujer en el campo de la cultura —del que muchas veces (como del Edén) somos expulsadas.