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Los estertores del chavismo

Cristina Manzano

En los últimos tiempos me he encontrado en varias ocasiones explicando por qué el chavismo ha tenido -y aún, pese a todo, tiene- tantos adeptos. Me he visto contando cómo gentes que nunca tuvieron nada, ni siquiera esperanza, se toparon con un líder que les trataba -al menos en apariencia- de tú a tú; que les proporcionó agua corrientemédicos o educación en un grado que antes no se habían atrevido ni a imaginar en un país sumamente rico en el que buena parte de la población era abrumadoramente pobre.

Hugo Chávez, con su enorme carisma y su indudable talento político, respaldado por unos precios del petróleo que parecía que nunca iban a dejar de aumentar, se convirtió en un dios para muchos venezolanos, y el Estado, en la iglesia encargada de garantizar su culto. Y su temprana muerte, como suele ocurrir, lo elevó al altar de los mitos.

Hoy, dos años después de su fallecimiento, es difícil entender desde este lado del Atlántico cómo con los anaqueles vacíos y las calles llenas de violencia -no hay que olvidar que Venezuela es el segundo país no en guerra más peligroso del mundo- alguien puede apoyar lo que queda de su legado. Algo ayuda, claro, la maquinaria propagandística de unos medios de comunicación (prácticamente) controlados por el Gobierno. Pero si no se produce un cambio brusco de rumbo, y no tiene pinta, Nicolás Maduro parece abocado a lidiar con los estertores del chavismo. Según sondeos recientes, su grado de aprobación estaría ahora en torno al 20%.

Su deriva está sacada del manual del fracaso político. Pese a unos tímidos intentos en los inicios de su mandato por acercarse a los grandes empresarios para iniciar una nueva etapa económica, las más que necesarias reformas de modernización y diversificación han caído en el olvido; los ataques a la oposición, cada vez más intensos, con varios líderes encarcelados, perseguidos o inhabilitados, alcanzan un grado de represión intolerable en un país que se dice democrático; cualquier atisbo de estrategia es sustituido por teorías de la conspiración y supuestos intentos golpistas.

Para colmo, el mundo entero también se ha confabulado contra Maduro: el petróleo, que supone el 96% de los ingresos del país por exportaciones, está en caída libre; sus tradicionales aliados extranjeros, sobre todo China, no están dispuestos a apoyarle más allá de lo comprometido; y Cuba está muy ocupada tratando de recomponer su relación con Estados Unidos.

La prueba de fuego serán las próximas elecciones parlamentarias, previstas para el segundo semestre de este 2015. En la guerra dialéctica en la que vive el país, la batalla se libra ahora sobre si se acabarán celebrando o no. Todo apunta a que, por primera vez desde la llegada del chavismo al poder, la oposición podría acabar controlando la Asamblea Nacional. El miedo, de nuevo, visto desde fuera, es que la situación se desborde y cualquier chispa sirva para provocar un incendio incontrolado. Que San Hugo no lo permita.

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