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El radar

'Candy Crush'

Joan Cañete Bayle

Semana dura para los políticos, al 'caloret' de Rajoy y su España y el espectáculo de los Pujol

Teniendo en cuenta el nivel de la semana -del diuen, diuen, diuen al caloret pasando por la España de Yupi de Mariano Rajoy y la partida de Candy Crush de Celia Villalobos-, la mejor noticia es que Mortadelo y Filemón serán los encargados de investigar a alguien muy parecido a Luis Bárcenas en su nuevo cómic, El Tesorero. Buena noticia porque de Mortadelo y Filemón se pueden esperar muchas cosas, pero no que se pongan a jugar al Candy Crush en pleno discurso del presidente del Gobierno en el debate sobre el estado de la nación; que una cosa es el humor y otra la falta de respeto.

Escuchando la conversación pública de esta semana, cuesta discernir qué enfada más: si los argumentos, por llamarlos de alguna manera, desgranados en el Congreso bajo la atenta mirada de Villalobos («O miente Rajoy con las cifras del paro, o las de creación de empleo, o las de becas (...) o las de listas de espera o bien miente la oposición con cifras totalmente distintas. O peor, mienten todos. Sea como fuere, es malo para los ciudadanos, que sabemos que alguien o todos nos engañan. Por eso me siento solo, triste y desprotegido», escribió Herminio Avilés, de Barcelona); o bien el espectáculo que la familia Pujol Ferrusola protagonizó en el Parlament de Catalunya, entre la displicencia, la ajada -de tanto usarla- senyera de siempre y las lecciones de dinamización económica: «La familia Pujol quedó retratada como un clan que presuntamente dominó con estilo mafioso la política y los negocios. Pero lo triste no es eso, sino la incapacidad y la nula eficacia de los representantes políticos en la comisión, que hicieron un ridículo tras otro sin aportar ninguna prueba que acorralase a sus interrogados» (Blas Gutiérrez, de Sant Cugat).

Los calificativos que usan muchos de los ciudadanos que nos han escrito para referirse a lo del lunes en Barcelona y el martes en Madrid son intercambiables: mediocridad, pantomima, políticos sin escrúpulos, escasa calidad política, mentiras, insultos, desprecio al ciudadano, triunfalismo vacío, desamparo, tristeza, vergüenza, irritación, frustración, la nada. Muchas ideas coinciden, pero llama la atención una por lo que tiene de expresión de un fracaso sistémico: ellos (los políticos, claro) viven en su mundo. «Mi impresión es que los políticos van a lo suyo, nos toman por tontos y creen que nos engañan; que les importa un comino lo que dicen (...) y que omiten lo que nos afecta a los ciudadanos: corrupción, injusticia y desprecio», escribió Enric Roig, de Cambrils.

A riesgo de ser ingenuo (porque la parte formal de la democracia tiene un punto de imprescindible ingenuidad), agrava aún más lo sucedido el hecho de que los dos espectáculos acontecieran en el Parlamento español y el catalán y que fueran protagonizados o bien por cargos electos o bien por un clan cuyo patriarca fue molt honorable durante lustros. «Lo más ofensivo es que digan tantas mentiras y fábulas. Los ciudadanos ya no somos aquellos de la posguerra, analfabetos, desinformados y manipulados», recuerda Belén Ruiz, de Cerdanyola del Vallès.

En esto de la ofensa y del desprecio al ciudadano compiten Rita Barberà y Celia Villalobos. Ni el caloret ni la partidita al Candy Crush son comparables en trascendencia al caso Pujol ni a la situación en que se encuentra el Estado del bienestar, pero son el vinagre en la herida, la mofa gratuita. Especialmente lamentable fue lo de Villalobos; más aún escuchar esas justificaciones del tipo quién no ha jugado al Tetris en el trabajo, quién no ha navegado por internet por páginas que no debiera, quién no se ha relajado unos minutos en una reunión plomiza. Entender que la vicepresidenta del Congreso no es un quién normal no porque ser política con cargo sea un privilegio, sino porque representa al resto de los ciudadanos no debería ser tan difícil. «Cada vez estamos más enfurecidos», dice Belén Ruiz en su carta.

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