10 abr 2020

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PALABRERÍA

Milhojas de papel

SERGIO JIMÉNEZ

Milhojas de papel

Pau Arenós

Coherencia. Van a cubrir la calle con un asfalto sonorreductor. El ruido del trabajo es insoportable. Para ser coherentes, las máquinas deberían ser sonorreductoras.

Casta. Palabra bumerán.

Bongos. Mi vecino toca los bongos. Es un instrumento de parque o jardín, de hierba seca o húmeda y de camiseta desteñida. Por los sonidos sordos que llegan del otro lado de la pared sé que es un percusionista que no avanza. Diría que la actividad tiene más que ver con la terapia que con la música. No mejora, es una desagradable monotonía. Le da un rato con las palmas –y oigo con desagrado la sensación de hueco y piel seca– y a medida que él se relaja, yo me enervo. Me consuela pensar que su talento aún está muy lejos de la batería y que se encuentra en párvulos de tabarra.

Tronco. Es uno de esos cilindros en la acera en el que enganchan carteles. Como si fuera un incunable, acumula papel y engrudo, capas y capas, lasaña de información y propaganda, milhojas de pósteres. Una actuación de música se sobrepone a una velada de boxeo que se sobrepone al cocodrilo albino de un circo que se sobrepone a una macrofiesta en un polideportivo. Ese que he visto es tan grueso como el tronco de un olivo milenario. Imagino que si lo serrasen por la mitad desvelaría anillos de papel. La historia de la ciudad está explicada en el acordeón. Al contarlos, sabríamos que el cilindro es muy viejo y que el primer papel, casi destruido, fue el de aquel concierto de un grupo que ya no existe en una ciudad que tampoco es la misma. Y que el que más ha cambiado eres tú.

Investigado. La palabra imputado será proscrita, según el anteproyecto de reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal. Imputado será sustituido por investigado. Para la buena gente, un imputado está contagiado de culpabilidad. Las palabras son inocentes. Somos nosotros los que las cargamos con pólvora o les inyectamos veneno.

Gimnasio. Dos mujeres comparten mesa en un restaurante, se las ve adineradas y flacas, caprichosas, carne fría de gimnasio. El maître pregunta con voz cantarina: “¿Qué quieren?”. Una de ellas, desganada y bostezante, le responde: “Algo para recordar”.

Meditación. Me han regalado un libro para practicar meditación trascendental. Solo soy capaz de una meditación intrascendente.

Penal. La mayor de las frivolidades: mientras Isabel Pantoja está en una cárcel y tiene que pagar, su hijo Paquirrín aceptó la reclusión voluntaria a cambio de cobrar. Entrar en la penitenciaría de Gran hermano a la vez que la madre pena es perverso. Lo peor es que Kiko Rivera no se habrá percatado. Los diarios publican que a la Pantoja le han robado las bragas en la trena. Negocio o fetichismo, que le hayan sustraído el tanga es tan irrelevante como que Bárcenas jugara al mus con presos.