La lacra del terrorismo islámico

Yihadismo: entender para actuar

El problema de la gran mayoría de la población musulmana es que no ha tenido acceso a su propia historia

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Al intentar entender el fenómeno de la radicalización de algunos jóvenes que seducidos por las ideas nihilistas, dogmáticas y tremendamente dañinas, del salafismo y, en general, del islam ideológico y recalcitrante, no son pocos los que ponen el acento en el propio islam, al cual ven como incompatible con las ideas ilustradas y la democracia.

Otros, en cambio, niegan cualquier relación del terrorismo con esta religión y ponen el foco en la exclusión que sufren los hijos de la Emigración. Entienden que su proceso de radicalización e identificación con el yihadismo es una reacción a este saberse desplazados, ninguneados y señalados por una buena parte de la sociedad. El ascensor social, explican, no funciona y no pueden progresar. Desprotegidos y humillados por los propios países donde viven, a pesar de que muchos de ellos han nacidos en suelo europeo, se dejan llevar por el odio y se convierten en carne de cañón de los fanáticos dispuestos siempre a aprovecharse de su vulnerabilidad para atacar uno de los pilares de la sociedad laica occidental, el de la libre expresión y, en general, el de los derechos individuales.

Frente a estos dos discursos antagónicos hay un tercero que, a mi parecer es mucho más exacto, y que, de forma más matizada, señala en ambas direcciones.

En primer lugar, sabemos que la mayoría de los países musulmanes tienen un grave problema que, de no resolverse, agravará más la cuestión y que no es otro que, precisamente, el del pensamiento único impuesto.

Mohammed Arkoun, pensador amazig, argelino de nacimiento, y autor de, entre una extensa obra, Crítica de la razón islámica, decía que los estados árabe-musulmanes son en su mayoría un partido-estado, cuya historia es la de haber luchado por la independencia del colonialismo, llegar al poder después y considerarse a él mismo el Estado.

El pueblo, la gente, que esperaban ser conducidos a la libertad prometida se percatan luego de que ese mismo partido (aquí podríamos sustituir partido por monarquía en algunos países) no tolera la pluralidad de ideas y de posicionamientos políticos. No tolera la discrepancia y excluye del Estado a la disidencia, que es mucha, y usa la religión para su uso y beneficio. No tolerar el libre pensamiento incide directamente sobre el tipo de educación que se instaura en estos países. Una educación dogmática, inconmovible y, a resultas, muy pobre, resultado de la cual es el desconocimiento de la propia complejidad cultural y religiosa.

¿Qué hemos hecho todos estos años de independencia? ¿Qué ha ocurrido con el pensamiento musulmán? Se pregunta Mohammed Arkoun. Nada más allá del dogma. No se les ha dado el espacio necesario a los interrogantes del pensamiento moderno. Conceptos como historicidad o laicidad no forman parte de su vocabulario. Se ha eliminado la función de la teología y de la filosofía. No se fomenta la aparición de voces que desde el interior nombren la propia realidad, son los demás los que definen aquello que somos. Resumiendo: no se enseña la propia historia porque en ella se encuentra el germen de la razón crítica. Y llegamos así a lo que otro intelectual, en este caso marroquí, Mohamed Ábed Yabri, autor de Crítica de la razón árabe, dice: el pensamiento árabe-musulmán contemporáneo es, en su conjunto, un pensamiento ahistórico y carente del menor sentido de la objetividad. Resumiendo: la gran mayoría de la población musulmana no ha tenido acceso a su propia historia. Y este es un problema central. ¿Cómo vamos a transmitir a nuestros hijos lo que no sabemos? O, si seguimos el razonamiento de Arkoun, aquello no pensado. Este es un problema de los musulmanes. No reconocerlo es seguir habitando en la oscuridad, en el vacío.

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En segundo lugar, y ya de regreso a Europa, la exclusión de los hijos de los emigrantes y la islamofobia son realidades incontrovertibles que vienen gestándose desde mucho antes del 11-S y que se han ido agravando con cada uno de los terribles atentados terroristas que se han ido sucediendo.

El escritor Hanif Kureishi relata en su libro Soñar y contar cómo le sorprendió, tras la fatua contra Salman Rushdie a raíz de la publicación de su libro Los versos satánicos-que algunos ven como el principio de esta infernal deriva de odio en la que estamos sumidos- ver cómo gente joven, criada en la Inglaterra laica, volvía la vista hacia una clase de fe que les negaba los placeres de la sociedad en la que vivían. El islam, decía, era un modo especialmente firme de decir «no» a toda suerte de cosas. El islam les daba una identidad que trataba de hacer más soportable el sentimiento de humillación del racismo y la exclusión. El yihadismo llena un vacío identitario.