La situación del gigante asiático

Dudas sobre China

Los dirigentes chinos se enfrentan a desafíos socioeconómicos, industriales, financieros y también políticos

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Los datos económicos relativos al 2014 nos ofrecen el panorama de una economía china en plena efervescencia transformadora. El crecimiento (el, 7,4%, el más lento de los últimos 24 años), un comercio exterior creciendo muy por debajo (3,4%) del objetivo oficial (7,5%), beneficios también a la baja en importantes sectores, etcétera, coexisten con claras evidencias de una modificación estructural de su Producto Interior Bruto (PIB) en el que cada vez pesan más los servicios y el consumo en detrimento de los sectores primario y secundario. En paralelo, cabe significar que por primera vez en su historia, China se ha convertido en un país exportador neto de capitales, situado en una senda que le reserva una posición cada vez más destacada en el ámbito internacional.

El primer ministro Li Keqiang habló en la última cumbre de dirigentes mundiales en Davos (Suiza) de esta realidad como un reflejo de la «nueva normalidad» china que está caracterizada por una menor velocidad, pero mayor calidad, del crecimiento, descartando cualquier aterrizaje duro que pudiera poner en peligro la propia estabilidad sociopolítica del país. Los salarios chinos han crecido más que el PIB y han superado en seis puntos el IPC (2 %), mientras que los objetivos de creación de empleo han sobrepasado todas las expectativas de carácter oficial.

No obstante, tras dibujar los vectores esenciales de la reforma de su economía para hacerla más innovadora y sostenible, China enfrenta un ejercicio decisivo para transformar su modelo de desarrollo. La sensibilidad ambiental, el avance tecnológico, el papel del mercado y de la economía privada, la apertura del sector financiero, la consolidación interna y proyección exterior del sector estatal, el adelgazamiento de la burocracia y el combate al flagelo de la corrupción, son fenómenos todos ellos que deben conjugarse con la evidente recuperación de la credibilidad pública del Partido Comunista de China (PCCh).

El presidente Xi Jinping ha conminado en numerosas ocasiones a plantar cara a quienes conspiran para preservar sus beneficios y privilegios individuales, toda una apelación contra aquellos sectores reacios al avance de unas reformas en las que China se juega, a fin de cuentas, el éxito del proceso modernizador iniciado en 1978. Un crecimiento a la baja y el agravamiento de las dificultades económicas resultan argumentos de peso que pueden esgrimir todos quienes ven en la nueva hoja de ruta un esfuerzo voluntarista que puede derivar en un colapso.

Las advertencias a propósito de una crisis financiera en el gigante asiático estimulada por la deuda de los gobiernos locales y el aumento de la morosidad completan un escenario que obligará al poder central a combinar reforma con ajustes al alza que aseguren un determinado nivel de crecimiento con la mirada puesta en los objetivos 2020 (duplicar el valor del PIB y el PIB per cápita en relación al 2010).

Los efectos depresivos de las reformas se ven amplificados por la ralentización de la economía mundial y la contracción de la demanda global configurando una situación inédita para el PCCh, que debe enfrentar desafíos a la vez socioeconómicos, industriales y financieros a los que cabe sumar los riesgos de naturaleza política.

Cierto que la coyuntura favorable de la baja de los precios del petróleo, acompañada internamente de reformas significativas en materia de precios de la energía y aumento del consumo unido a la promoción de las energías renovables, permite todavía cierta holgura a los gobernantes chinos. Por otra parte, el aumento del gasto social con cambios estructurales en el sistema de pensiones y la progresiva integración de los inmigrantes en las ciudades con la reforma del tradiciona sistema hukou y el decidido impulso urbanizador ofrecen manifestaciones igualmente moderadoras.

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Entre pronósticos de pesimistas y optimistas, China se aleja poco a poco de aquella imagen de fábrica del mundo fábrica del mundoque ha predominado en las últimas décadas. Ese salto cualitativo en su desarrollo puede derivar en una implosión de varias caras, política, social y financiera, entre otras.

Pero, a la vista de episodios anteriores de gran complejidad vividos por la reforma china, el momento actual -aun asumiendo la necesidad de un crecimiento más débil- parece indicar que existen las capacidades suficientes para digerir esa nueva realidad. Su gran ventaja reside en que, a diferencia de lo que ocurre en Occidente, las capacidades públicas de intervención en el curso de los acontecimientos siguen siendo todavía muy relevantes.