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Profesionales conectados

Entrar a trabajar en una empresa a una hora determinada, hablar mal del jefe o tener un lío amoroso en la oficina es un paisaje laboral que desaparece. Lo que lo sustituye es todavía difuso, pero una parte ya se mueve entre nosotros. En escenarios emergentes, un trabajador comienza su actividad en casa abriendo el ordenador y analizando las posibles ofertas de trabajo en las webs generalistas, como elance y odeske, pero también en las más especializados, como 99Designs o Fiverr, portal para principiantes dispuestos a trabajar por 5 euros la hora.

Luego puede conectar por teleconferencia con tres socios circunstanciales en China, Rusia y las Islas Feroe, a los que conoce -virtualmente- de otros proyectos y con los que prepara una propuesta que solucione -en competencia mundial- los residuos tóxicos que el ayuntamiento de Bangalore (India) ha colgado en InnoCentive, web de innovación basada en el crowdsourcing (proyectos de colaboración abierta). El resto del tiempo lo puede pasar en sermo, si es médico, o en LawLink si es abogado, para consejos entre colegas.

En este escenario de trabajo virtual domina la incertidumbre: trabajar mucho en competencia para conseguir un proyecto que, para el adjudicatario, tendrá un principio y un final. Cuantos más proyectos consiga más subirá su valoración en la red y más probabilidades tendrá de conseguir otros proyectos. Implica tener alta reputación profesional, un aprendizaje constante y entramado de contactos excelente.

Este modelo pide dedicación obsesiva al trabajo, provocando un aislamiento que, si no se gestiona adecuadamente, puede acabar en depresión. El tiempo libre no existe. Si no se trabaja en algún proyecto hay que competir por los que se ofrecen en el mercado, ampliar la red de contactos y buscar y analizar nuevas webs de posible interés. El peligro es que no hay espacio para aprender de los maestros, factor básico en el aprendizaje artesanal que hoy vuelve a ser un prerequisito de los nuevos oficios. Lo cual no deja de ser contradictorio en un mercado que solicita excelencia profesional pero que, mal gestionado, conduce a la descualificación.

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Ya está pasando. Los aprendizajes son cada vez más cortos, intensos en unos conocimientos determinados, lo que demanda el mercado en un momento dado, pero que si no articulan mecanismos de renovación, acaban en obsolescencias tempranas. Si nada cambia, los 45 años serán, cada vez más, la frontera última de la empleabilidad.

¿Hemos de concluir que el trabajo del futuro va a consistir en una sociedad de zombis aislados y prematuramente envejecidos? No necesariamente, siempre que los profesionales virtuales decidan por ellos mismos regular y poner límites al mercado. Si quieren llamarle nuevo sindicalismo pueden hacerlo.