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La rueda

Terrorismo y disidencia

Enric Marín

Resultan alarmantes las ambigüedades semánticas del texto del pacto antiyihadista

El diccionario del IEC define terrorismo como «movimiento político que utiliza el terror basado en la violencia como herramienta de presión». A su vez, el diccionario de la RAE propone dos acepciones: «Dominación por el terror» y «Sucesión de actos de violencia ejecutados para infundir terror». No se trata, ciertamente, de definiciones de una gran precisión, pero delimitan su campo semántico de manera aproximada. 

De acuerdo con estas definiciones, el bombardeo de Gernika o los atentados de Hipercor Atocha fueron actos terroristas. No por sus supuestas motivaciones políticas, sino por el sentimiento de miedo e indefensión entre la población civil que perseguían. Lo que identifica al terrorismo no son las ideas políticas usadas como coartada, sino su manera de actuar. El terrorismo es una forma de autoritarismo sectario y brutal. Por eso mismo es tan contraproducente banalizar el uso del concepto terrorismo forzando su significado para intentar descalificar a adversarios políticos. Banalizar el terrorismo o el nazismo en el debate político empobrece el contraste de ideas y tiene unos efectos amnésicos sobre la memoria crítica colectiva.

Afortunadamente, el terrorismo no siempre consigue alcanzar sus objetivos, pero cuando lo hace consolida formas despóticas de poder. Y cuando no lo hace, puede servir de coartada para recortar libertades en regímenes democráticos. La urgencia de combatirlo puede abrir la puerta a derivas autoritarias en nombre de la seguridad. También puede reforzar populismos reaccionarios que confunden disidencia con terrorismo o que reivindican la cadena perpetua y la pena de muerte.

Por eso resultan tan alarmantes las ambigüedades semánticas del redactado del pacto antiyihadista. Hecho que hace incomprensible la adhesión de un partido de tan larga tradición democrática como es el PSOE.

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