El peligro del fundamentalismo

Inversión social como prevención

No podemos ser tacaños en el gasto público ni en el personal para integrar a los jóvenes inmigrantes

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El atentado terrorista contra el semanario satírico Charlie Hebdo, más allá de hecho luctuoso y contrario a la libertad de expresión, ha vuelto a despertar conciencias sobre las banlieues parisinas. En algunos casos, la falta de expectativas de muchos jóvenes inmigrantes de los barrios periféricos de las grandes ciudades europeas les puede llevar a integrarse en organizaciones árabes fundamentalistas. La solución no está en potentes bases de datos, controles más exhaustivos en aeropuertos o el refuerzo del gasto en seguridad. Quizá a corto plazo puede suponer un paliativo, pero para resolver el problema se debería formar y promocionar a la población en los países de origen redistribuir la riqueza que aporta el petróleo. Así se podrían lograr auténticas democracias. En todo esto, Occidente debería renunciar a parte de la ganancia e invertir por la dignidad de estos pueblos e incluso por seguridad propia.

En las periferias de París, Bruselas y también Barcelona aunque en menor medida, para algunos jóvenes sin expectativas (no escolarizados, que han fracasado en el marco de la enseñanza, sin tiempo libre organizado, sin referentes positivos de comportamiento y sin propuestas de trabajo que les supongan recursos económicos) la única salida es la delincuencia, el consumo de tóxicos o la adhesión a grupos identitarios que valoren su persona. Estos grupos no encuentran alternativas positivas a una falta de horizontes vitales, de autoestima y de sentido de su existencia.

La voluntad de integrar a la población inmigrante, por dignidad y cohesión social, requiere una inversión social. Esta comienza por una sanidad correcta, tanto en el aspecto físico como el psicológico, y continúa con una escolarización eficaz, con medios y profesionales que permitan integrar a esa población en la nueva cultura. Para eso hay que preparar a los formadores y exigir resultados tanto a nivel infantil como de formación profesional, secundaria y superior.

En el éxito socializador de la enseñanza de niños y niñas que no acaban de integrarse en el aula tienen mucha importancia las unidades de escolarización externa, que realizan una acción preventiva y promocional determinante en el éxito escolar y en la vida futura de los participantes. Por un lado, tendríamos los centros abiertos, donde se acoge a los niños a la salida de la escuela y se les facilita la merienda y un refuerzo educativo y recreo siempre conducidos por un educador. Además, este, que no tiene la función de evaluarlos, actúa como un nuevo referente para los niños. Por otro, los centros de esplai esplaio las agrupaciones escoltes que promueven la participación en actividades educativas en el ocio, en las que los niños encontrarán un tiempo libre con sentido, un espacio que puede atraer a la familia, unos valores interesantes y unos monitores cercanos. Otras actividades socializadoras pueden ser las culturales, el deporte y todo tipo de ocio que integre socialmente.

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Estos últimos años se ha tomado conciencia de las necesidades alimenticias de los niños. Para paliar este hecho aparecen recursos como las becas comedor, los centros abiertos y los centros de verano. Con todo, la raíz de la carencia social pasa por las familias, por su suficiencia económica y por cómo se saben administrar y ordenar la vida diaria. Otros recursos significativos son las ayudas públicas y la solidaridad. De ahí la relevancia de servicios como los llamados maternoinfantiles, que forman a madres y padres o a menudo solo a las madres por la ausencia del padre en el cuidado de los hijos en los primeros años de la vida de estos. Dan pautas y criterios tanto de salud como educativas que les serán útiles durante toda la infancia. Programas como el Paidos de Cáritas, gestionado conjuntamente por la Fundació Pere Tarrés, entre otros, identifican las diferentes problemáticas de las parejas con hijos de hasta 3 años y las forman y empoderan para que puedan romper el círculo de la pobreza, formándolas hasta superar el paro y las carencias de la vivienda, coasumiendo las responsabilidades del hogar y sensibilizándolas sobre lo que significa la paternidad. La voluntad, una vez más, es reconducir pobrezas hereditarias hacia un círculo virtuoso en el que poco a poco se vivan éxitos personales hasta integrar plenamente a la familia en la sociedad.

Apoyar a las entidades sociales, trabajar conjuntamente Administración y sociedad civil, ser exigentes con los objetivos fijados -si es preciso, con contratos programa para todos- e invertir en cohesión social es imprescindible para una humanidad más justa, para la dignidad de las personas e, indudablemente, para evitar escaladas en el gasto de seguridad y represión. No podemos ser tacaños ni en el gasto público ni en las aportaciones generosas personales. Director general de la Fundació Pere Tarrés.