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Postal triste de Atenas

Sílvia Cóppulo

El turista que camina lentamente por la capital griega ve un establecimiento cerrado y, al lado, otro, y otro... Hace tiempo que cerraron. Una chica joven pide limosna de rodillas en la acera. Tiene una herida abierta en la pierna, como si hoy mismo se hubiera quemado. Nadie se la mira. 

Los griegos se mueven cabizbajos y con la ropa vieja. Señoras mayores visten de luto. El taxista refunfuña. No quiere tener que explicar cómo viven al visitante; le necesitan. Sonríe, gordo, un hombre de cincuenta años que saca lustre a zapatos gastados. En las calles no se hacen obras y las luces se encienden tarde por la noche. El turista que admira las columnas de mármol blanco del Partenón se pregunta cómo puede ser que esta tierra, cuna de la cultura de la humanidad, viva rodeada de tristeza. Y mientras el frío helado le corta la cara, unas tijeras abiertas dibujadas en la pared le saludan. Dicen que no quieren pagar la deuda a Europa. Las viejas políticas junto a las nuevas promesas. La ilusión de pensar que pueden ganar quienes dicen que están junto a los más desfavorecidos y el miedo de que estos tengan más palabras bonitas que soluciones. 

Hoy se vota en Grecia. En Grecia también se vota la política europea. En España lo saben bien. Del PP a Podemos, socialistas, convergentes, Esquerra, o Iniciativa, todos, uno tras otro, se dan cuenta de que la desigualdad social ya no se puede ahogar en la garganta de los más desfavorecidos. La desigualdad grita en voz alta y se tiene que trabajar. Este domingo puede marcar un antes y un después. ¿Qué sabrán hacer los griegos? ¿Qué sabremos hacer nosotros?