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El proceso soberanista

Otra Constitución catalana

Albert Branchadell

El independentismo ha evolucionado en un ámbito tan significativo como el del tratamiento de los idiomas

En sus horas libres, una serie de ciudadanos liderados por Santiago Vidal han redactado una propuesta de Constitución para un posible Estado catalán independiente. Hasta aquí, nada que decir. El problema es que Santiago Vidal, además de ciudadano, es un juez español, y en Madrid hay quienes piensan que los jueces españoles no pueden dedicar su tiempo libre simplemente a lo que les apetezca. La pregunta, claro, es si a Vidal también le habrían abierto expediente si hubiera redactado la Constitución de un posible Estado escocés independiente, la de un posible Estado español federal o directamente la de la Tierra de Oz.

El expediente abierto a Santiago Vidal no da más de sí. Es otro ejemplo de la inteligencia emocional con que los poderes del Estado español afrontan el proceso soberanista catalán. Pero ya que gracias a la osadía de Vidal tenemos otra Constitución catalana encima de la mesa, siempre podemos recordar a Joan Fuster y aplicar aquello del "'vejam què diu'".

Lo primero que hay que recordar es que la Constitución de Vidal no es la primera Constitución de un posible Estado catalán que se nos propone en los últimos tiempos. Sin olvidar la Constitución Provisional de la República Catalana aprobada por la Asamblea Constituyente del Separatismo Catalán en La Habana en 1928, podemos consignar el Anteproyecto de Constitución Catalana de Josep Guia de 1991; la Constitución del Estado Libre de Catalunya preparada por ERC como propuesta de reforma estatutaria en el 2003; la Constitución de Catalunya redactada por Reagrupament para las elecciones del 2010; y la Constitución de Catalunya colgada recientemente en la red por cuatro ciudadanos anónimos.

La comparación entre todos estos textos permite comprobar la evolución del soberanismo catalán en algunos ámbitos significativos. Tomemos el ejemplo del régimen lingüístico. Los separatistas de 1928 proclamaban que "la única lengua oficial, en Catalunya, es la catalana". El castellano solo aparecía como asignatura obligatoria de la enseñanza secundaria en el recóndito artículo 195. Y el occitano simplemente no existía. En su propuesta de 1991, donde 'Catalunya' es la expresión con la que el excéntrico Josep Guia denomina lo que otros llaman 'Països Catalans', el régimen lingüístico es esencialmente idéntico: "La lengua oficial de la República Catalana es el catalán". La única salvedad (pensada para el interior de la Comunidad Valenciana) es que "para cada una de las comarcas históricamente no catalanohablantes se regulará por ley todo lo que haga referencia a su especificidad lingüística y cultural". Del occitano, otra vez ni mu.

En la Constitución de Joan Carretero, "el catalán es la lengua propia, nacional y oficial de Catalunya". En este texto, donde el castellano no aparece por ningún lado, la novedad es el occitano del Vall d'Aran, que "es también oficial en aquel territorio". El texto más comprensivo con el castellano es sin duda el de ERC: el castellano no es oficial pero "la Generalitat debe garantizar el conocimiento del castellano y el derecho a usarlo oficialmente". La otra diferencia es que para ERC la oficialidad del occitano abarca toda Catalunya.

Respecto a todos los textos anteriores, la Constitución de Santiago Vidal (y la de los ciudadanos anónimos) presenta una novedad histórica. Se trata de la primera Constitución soberanista que reconoce literalmente la oficialidad del castellano: según el texto filtrado por 'El Punt-Avui', "la lengua oficial y propia del Estado es el catalán", pero "el castellano es lengua cooficial y podrá ser usada oralmente y por escrito por todos aquellos ciudadanos que así lo deseen". Cooficial es también el estatus que asigna al castellano el texto de www.constitucio.cat, según el cual "los ciudadanos de Catalunya que prefieran expresarse en esta lengua con la Administración del Estado tienen derecho a ser atendidos sin discriminación de ningún tipo". Aunque todavía sobre el prefijo 'co-', el paso ya está dado. Atrás quedan los tiempos en que Muriel Casals encontraba "un poco extraño" un país con dos lenguas oficiales, y más atrás aún los tiempos en los que un destacado miembro del Consell Assessor per a la Transició Nacional arengaba a los reunidos en el acto público de una campaña titulada 'Pel futur del català: única llengua oficial'.

Más allá del detalle de las listas electorales, estas últimas semanas han puesto de manifiesto que Mas y Junqueras tienen grandes desacuerdos en aspectos clave del proceso soberanista. El consuelo es que ambos estrategas comparten una creencia a la que constituciones como la de Vidal o la de los ciudadanos anónimos empiezan a dar cuerpo: difícilmente un Estado catalán será vendible (ni dentro ni fuera) si no es capaz de reflejar institucionalmente su sólida heterogeneidad lingüística.

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