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De desajuste emocional preelectoral podría catalogarse el comentario de Soraya Sáenz de Santamaría cuando dice ver en las calles «mucha más alegría que hace unos meses». Una euforia que ella relaciona con el imponente despegue de nuestra economía (en España vuelve a amanecer), pero donde, desajustes emocionales al margen, lo único científicamente demostrable es que la tal señora se pasea por las calles con cierta regularidad (si no nos engaña).

El resto es sociología recreativa. Diferente es la afirmación de De Guindos cuando sostiene que  «se ha perdido el miedo a perder el puesto de trabajo», porque aquí sí existen evidencias empíricas que le pueden dar o no la razón. Y es que el miedo a perder el empleo es uno de los indicadores que, a nivel de la UE, se utilizan para medir la calidad del trabajo. Y lo que el indicador nos dice, las últimas referencias que tenemos son del año 2010, es que, en España, un 50% de la población trabajadora declaraba tener miedo a perder el empleo frente a, por ejemplo, un 8% en Dinamarca o un 11% en Reino Unido.

Cuando se comparan los resultados del 2005 con el 2010 encontramos que en España, y en los Países Bálticos, ese miedo se había incrementado en el doble. Es decir, al menos en el año 2010 el miedo a perder el empleo  estaba en cotas muy altas. A partir de ahí, y salvo que De Guindos posea información que los mortales no tenemos, no hay más evidencias que sostengan, en positivo o en negativo, su afirmación para el 2015. Salvo que intentemos una aproximación indirecta. A fin de cuentas, el miedo a perder el empleo combina nuestras vivencias sobre la gente que a nuestro alrededor pierde el empleo y, por otro lado, lo que les cuesta volver a encontrarlo.

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¿Tanto han cambiado esas variables? Les daré unos pocos datos. En el año 2010, un 4,12% de los trabajadores ocupados en un trimestre dado pasaban al paro en el trimestre siguiente. En el 2014, esa cifra baja a un 3,8%; por tanto, se observa una ligera mejora. Pero, al mismo tiempo, en el 2010 un 65,89% de trabajadores parados en un trimestre seguían en el paro en el trimestre siguiente, una cifra que empeora en el año 2014 cuando pasa al 70,55%.

De los datos podemos deducir que lo que explica el miedo a perder el empleo es que, una vez instalados en el desempleo, la vuelta al trabajo es cada vez más difícil. Y, dado que las últimas cifras de la EPA no son como para tirar cohetes -tenemos menos ocupación en el 2014 que en el  2011, con una población activa que sigue a la baja;- aquí, puede ser que se haya producido un cambio colectivo y nos encontremos en el último estadio de las etapas del duelo frente a la muerte —desarrolladas por E. Kübler-Ross- donde «aceptamos que esto tiene que pasar; no hay solución; no puedo luchar contra la realidad» y, por lo tanto, nos hemos adaptado resignadamente a la situación. O, por el contrario, el desajuste emocional preelectoral sigue produciendo efectos alucinógenos euforizantes.