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Ventolera

Jaume Subirana

Dicen las previsiones meteorológicas que vendrán días de viento y frío. Hablo de esta semana en Catalunya, y de hace media docena de años y lo que quede en las letras del país. Según y como se podría decir que todo continúa igual, que la rueda sigue girando y que llegan Sant Jordi, el Premi d'Honor, la Setmana del Llibre en Català, la Nit de Santa Llúcia y, 12 meses después, Sant Jordi, el Premi d'Honor, la Setmana del Llibre, la Nit de Santa Llúcia… Pero si uno mira hacia atrás, y no hace falta aguzar mucho la vista, se da cuenta de que ninguna de estas fechas es exactamente como era, y que por el camino nos hemos dejado muchas cosas y muchas personas difícilmente sustituibles.

El pasado día 12, por ejemplo, se celebró en el Romea un homenaje a Josep Maria Castellet. Está bien hacer homenajes, pero él ya no está aquí, como no existen el Quo Vadis de la calle del Carme ni el Grup 62 en Peu de la Creu: yo he visto sonreír y actuar a Castellet (siempre como si no actuara) en la AELC y en la Institució de les Lletres Catalanes, o en medio del jaleo de Fráncfort, y ¿qué quieren que les diga?, creo que hoy por hoy no tiene recambio. Lo mismo podríamos decir de Jaume Vallcorba: Quaderns Crema y Acantilado continuarán, sí, pero nos hemos quedado sin él y no tenemos muchos editores de su altura. También echo en falta la sonrisa de Montserrat Abelló, la energía de Emili Teixidor, la picardía de Gerard Vergés, la militancia de Albert Manent… Ya lo sé: es ley de vida. Pero la nieve fría barre una tierra pobre en un tiempo difícil. Porque las instituciones se han ido anquilosando, el uso de la lengua va hacia atrás, bajan las persianas de las librerías, cierran las distribuidoras, la gente vuelve a publicar sin contrato, los anticipos se han resecado y las liquidaciones de CEDRO o de la SGAE parecen platos liofilizados de los imitadores de Ferran Adrià. Se dice que un pesimista es un realista bien informado. Veo que la ventolera va encogiendo el panorama, con un puñado de gente que hace como si todo siguiera igual que siempre. Y nuestro siempre ya estaba muy menguado.

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