Platero y ella

Zenobia Camprubí inyectaba libertad americana a esa nueva mujer española

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Zenobia Camprubí, María de Maeztu, Victoria Kent, Clara Campoamor... entre muchas mujeres concibieron la nueva mujer española, que se acercaba con gran ardor a la nueva mujer libre (en construcción). La Zenobia ficcionada en Platero y ella (Torremozas, 2014), de Elisa Constanza Zamora Pérez, no quiere resultar rara por conducir un coche. La mujer nueva que Camprubí llevaba dentro de sí era capaz de hacer convivir a una esposa dedicada a su marido y a una mujer dedicada a su condición. No son muchas las que consiguen quitarse el corsé prieto con el que deben vestirse las que acompañan a un poeta de la talla de Juan Ramón Jiménez. Es difícil destacar cuando se está demasiado ocupada en satisfacer el alma atormentada del hombre al que se ama, un hombre brillante y talentoso. Pero Camprubí inyectaba libertad americana a esa nueva mujer hecha de jirones de Maeztu, Kent o Campoamor; y no solo a la nueva mujer, sino también a su compañero y a la compañera de su compañero —la poesía.

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Zenobia era feminista, traductora, esposa, mujer, revolucionaria. La Americanita, la mujer de cuya risa se enamoró un hombre como Juan Ramón Jiménez, tan retraído y aislado. Era la clase de mujer que no se casa, pero acabó haciéndolo.

Me gusta saber quiénes son María Pilar Donoso, Mercedes Barcha o Carol Dunlop. Cómo se vive con esa carga -pobrecitos, cómo sufren, decía la Gaba hablando con las mujeres del Boom. Por eso me admiran las mujeres que dan el paso y escriben Los de entonces o se convierten en las editoras y traductoras de sus maridos, como Zenobia Pilar del Río. Cómo es quedarse a la sombra, y cómo es dar un paso al frente y no desatender la risa de una, la libertad de una y la devoción al otro. En Platero y ella ni Platero ni Juan Ramón son protagonistas: Camprubí necesitaba que la mujer nueva que ella construyó a retales le hiciera justicia. En el aquí y en el ahora, Zenobia, le hemos dado a tu risa y a tu sombra el valor que se merecen.