LOS ATENTADOS DE PARÍS

No fue un error

El acierto de la publicación de las caricaturas de Mahoma debe defenderse sin más y sin peros

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El atentado contra la revista satírica francesa 'Charlie Hebdo' -seguido de un reguero sangriento ya conocido- ha sido uno de los más graves registrados en los dos siglos de vida de la prensa europea. Esta etapa nunca fue plácida y los medios de comunicación han tenido que aprender a sobrevivir ante la fiera totalitaria en cualquiera de sus distintas manifestaciones. En estos momentos agudos de amargura profesional como el que vivimos, resulta estimulante releer lo que escribía en sus memorias informales en los años 40 del siglo pasado un colega nuestro, entonces redactor jefe del diario 'Combat'. "Cada vez -decía Albert Camus- que una voz libre intenta decir, sin pretenciosidad, lo que piensa, un ejército de perros de presa de todo pelaje y color ladra furiosamente para tapar su eco". Este gran escritor y periodista francés nacido en Argelia sabía bien de qué hablaba. Su experiencia diaria en el periódico clandestino de la resistencia francesa contra el ocupante nazi desarrolló en él una conciencia aguda frente a los enemigos de la libertad de expresión y sus estrategias manipuladoras.

Lo que resulta aún más doloroso, si cabe, de este horrible atentado contra el semanario satírico francés y sus terribles consecuencias es que se haya cometido en un país que se ha considerado modelo de acogida del emigrante y del perseguido político y religioso. En el caso concreto de los musulmanes, Francia acoge a unos cinco millones de ciudadanos de distintas procedencias pero fundamentalmente del Magreb. Más de un 7% del total de la población.

Los autores del atentado pertenecían a una tercera generación de inmigrantes, una evolución demográfica que en los últimos años también se ha repetido en otros países como Alemania, Reino Unido o la propia España, que suman entre ellos unos siete millones más de mahometanos. Esa minoría loca de los terroristas islámicos, que tanto perjudica a la pacífica comunidad musulmana por el peligroso aumento de sentimientos antislamistas, manifiestan rasgos similares: dificultades para integrarse en la vida civil de un país moderno por vía de la educación o el empleo, lo que les lleva a sentirse marginados, y desapego y desprecio a los valores comunes de los países occidentales.

Las mezquitas y los oratorios abiertos en muchos barrios de las ciudades europeas parecen estar sustituyendo al Estado como vías de agrupamiento 'educativo' para algunos jóvenes desarraigados que se sienten excluidos por su condición social y origen. Para ellos, el cumplimiento con rigor extremo y ciego de las normas del islam es su guía de conducta y fuente de una moral  descabellada y peligrosa que sufrimos en nuestras propias carnes.

Horas después del atentado pudimos ver, escuchar y leer en los medios de comunicación cómo musulmanes de toda condición, sobre todo los imanes, condenaban sin paliativos el atentado de París. Aunque, y el matiz es importante, prácticamente todos ellos aseguraban que caricaturizar y menospreciar al profeta es una línea roja que nadie debe traspasar y que fue un error publicar los dibujos sobre Mahoma con una bomba como turbante, entre otros.

Para el islam y los musulmanes, esta libertad creativa, algo inocuo en Occidente sea quien sea el burlado, es una blasfemia, y la blasfemia es un pecado y un delito capital. En los países islámicos puedes ser ejecutado legalmente por reírte del profeta y, en Occidente, visto lo visto, algunos locos vienen a asesinarte al grito de «venganza» por una simple sátira sobre Mahoma.

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Afortunadamente, en la civilización occidental, la separación entre religión y razón se inició a finales del siglo XVIII, en la época conocida como la Ilustración, y se conquistó en 1789 con la Revolución Francesa. La separación entre Estado y Religión es esencial en el funcionamiento de los países democráticos, que deben regirse por leyes cimentadas en la razón y en la ética, al margen de cualquier creencia religiosa. Quemar al hereje ya no se estila en la sociedades occidentales, por más que en algunas teocracias, como la franquista, sin ir más lejos, la blasfemia era hasta no hace mucho un delito, además de un pecado o una conducta digna de abominación. La civilización occidental, con sus defectos y su hipocresía, con sus imperfecciones y un oscuro pasado, ha recorrido ya su camino de Damasco. A otros aún les falta mucho.

Ante las embestidas criminales de los terroristas islámicos como las ocurridas en Francia, el mundo occidental debe reafirmarse en una defensa orgullosa de los derechos humanos, de las libertades y de la igualdad, sin caer en provocaciones totalitarias e intolerantes de cualquier signo. El derecho a la crítica, origen de la matanza de París, es indiscutible, aquí, ahora y siempre. Como decía Camus: "La información no puede prescindir del comentario crítico". La publicación de la caricaturas del profeta no fue un error. Y eso es lo que se debe defender sin  más y sin peros.