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NÓMADAS Y VIAJANTES

Las lecciones de Mujica

Ramón Lobo

Muerto Nelson Mandela en diciembre del 2013 empezó el vacío, una insoportable orfandad ética global. ¿A quién escuchar? ¿A quién respetar? Vivimos en un mundo regido por un principio de Arquímedes político y económico: la inmersión de intereses (legales y espurios) expulsa una cantidad igual de principios y valores. Los vigilantes de la moralidad internacional, los cinco mirlos blancos con asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, están a la vez entre los principales exportadores de armas. La contradicción entre lo que se dice y se hace no penaliza en un mundo dirigido por los mercados y la propaganda en el que la democracia corre el riesgo de quedar como un decorado.

No sirven la mayoría de los dirigentes elegidos en las urnas porque desde el día de su elección solo trabajan para repetir mandato, o para conservarlo; se esfuman los votantes, llegan los donantes. Sucede en EEUU, un país sometido a una elección continua. Barack Obama es una muestra de las limitaciones del poder ejecutivo. Llegó a la Casa Blanca en el 2009 sostenido por un enorme caudal de esperanza e ilusión pero apenas ha podido cambiar nada. Quizá le salve la presidencia tras el no cierre de Guantánamo, la guerra de los drones y los errores en Siria, su reciente decisión de terminar con el teatro de la mano dura en Cuba y reconocer que el embargo no ha funcionado. Debería ir más lejos: admitir también que fracasó la política de EEUU en América Latina durante el siglo XX: decidió invasiones y propició dictaduras criminales en aras de sus intereses.

Manda el dios de la globalización, gobiernan los mercados y los organismos internacionales como el FMI o el BCE en la UE. El campo de juego es limitado, tanto que discutir la doctrina del ajuste te convierte en un radical de izquierda, en un populista irresponsable, sea en Grecia o España. Toda disidencia se sataniza. El negocio es lo primero.

En medio de este estrecho carril de intereses bañados de democracia hay un tipo, allá por el cono sur, jefe de Estado de un pequeño país situado entre Argentina y Brasil, que se ha convertido con justicia en un referente mundial. Se llama José Mujica; es presidente de Uruguay hasta marzo del 2015, cuando finaliza mandato.

Son muchas las lecciones impartidas por Mujica estos años, más allá de la excelente entrevista de Jordi Évole en Salvados. Si buscan José Mujica en internet, encontrarán las razones que han aupado a este hombre enjuto, sencillo, austero, viejo y con la cabeza muy bien amueblada, a un reconocimiento que lo equipara con Mandela. Es un digno sucesor de Madiba. Escribo viejo porque él mismo se lo llama, y lo esgrime como bandera de sabiduría. Vivió mucho, penó cárcel, sufrió torturas, pero como Mandela salió a la calle libre de rencor.

Sin perder la esencia

Lo extraordinario de su presidencia no son sus logros, que no son excesivos, más allá de transitar por el poder sin perder su esencia, el motor de toda su vida. Lo sorprendente de Mujica es que reconoce sin problemas errores en sus tiempos de guerrillero tupamaro, cuando «abrevaban la utopía», como dijo en el 2013 ante la Asamblea General de la ONU. Los errores siempre tienen un contexto.

Es magnífico porque reconoce los límites en su gestión de gobierno, cómo todo está mediatizado por el mercado y los capitales que se mueven de un lado a otro en busca de la ganga de ganar millones sin apenas pagar impuestos. En ese estrecho margen, la política consiste en tomar decisiones valientes, en decidir prioridades, en convencernos de que es el consumo lo que nos esclaviza. Sostiene Mujica que la crisis que padecemos desde el 2008 es una crisis de impotencia política, de renuncia a cambiar. Aún debería ser tiempo de utopías aunque se peleen por otros medios.

Usó la lucha armada

Mujica perteneció a una organización guerrillera que empleó la lucha armada contra un gobierno opresor. Lo mismo que Mandela. El tiempo le ha enseñado el valor de la tolerancia, el respeto por el otro, algo que se precisa con aquellos con los que discrepamos, no con los que estamos de acuerdo. La tolerancia es el fundamento de poder convivir, de la paz.

No es algo que se exija en las sociedades convulsas que salen de una guerra civil, como intenta Colombia, sino en todas; también en España donde el insulto y la descalificación impiden cualquier debate de ideas diferentes en busca de un enriquecimiento mutuo. En el fondo es miedo a pensar, a contaminarse de razón. Es más cómodo obedecer, no moverse de la foto, no destacar, ser invisibles a los demás. Se llama mediocridad.