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El deshielo de Obama y Castro

Cuba (y América Latina) vuelve a su lugar

Salvador Martí Puig

La Habana recupera un papel en el primer círculo concéntrico del espacio estratégico de EEUU

¿Qué impacto puede tener para el hemisferio americano un progresivo acercamiento entre La Habana y Washington? Siendo sincero, debería señalar que no hay una sola -ni simple- respuesta a este futurible, pero el acuerdo entre Barack Obama Raúl Castro trasciende una relación bilateral y da cuenta de una recomposición geoestratégica que puede cambiar las política de bloques en la región.

Para empezar, es necesario exponer que con el fin de la guerra fría América Latina mereció por parte de Estados Unidos una atención mucho menor que la que había tenido desde 1945. A partir de la década de los 90 el interés de Washington hacia la región se limitó a expandir acuerdos de libre comercio en el marco de regímenes liberales y a ignorar o aislar (según la circunstancia) a Cuba.

Esta desatención posibilitó la llegada de Hugo Chávez, que resucitó una estrategia de oposición a EEUU, y también la ampliación de la autonomía de varios países latinoamericanos respecto de las preferencias estadounidenses, combinándose distintas formas de acomodamiento y de confrontación. Así, se gestó, por un lado, un polo autónomo (aunque no hostil) que agrupó a los países del Mercosur, y por otro una coalición liderada por Venezuela e integrada además por Ecuador, Bolivia y Nicaragua que desarrolló políticas de oposición (a veces más retóricas que sustantivas) a los intereses de Washington. Obviamente, Cuba estaba alineada en este último grupo, y con ello cambió su situación de aislamiento y pasó a usufructuar un generoso y vital apoyo económico en forma de petróleo venezolano.

Este nuevo panorama se debió tanto a la pérdida de gravitación estratégica y económica del hemisferio en el escenario mundial como a la adopción por EEUU de una visión más selectiva y pragmática de su vinculación con América Latina. Esta tendencia, además, se intensificó tras el 11-S. Washington empezó a elaborar de forma más intensa políticas diferenciadas hacia sus vecinos del sur en base a su cercanía física y estratégica, dibujando así unos círculos concéntricos: los incluidos en los más cercanos eran vistos como una cuestión de interés nacional, y los más lejanos, como simples aliados.

En esta lógica, Washington distinguió claramente entre la América Latina del norte y la del sur. La del norte -conformada por México, América Central y el Caribe- se convirtió en un espacio crucial que debía ser tutelado y controlado, pues comparte frontera física con EEUU y es el espacio por el que se desplazan emigrantes, transitan estupefacientes y operan los cárteles del crimen organizado. Por otro lado, en la subregión del sur solo Colombia y Venezuela mantuvieron, por distintas razones, una mirada atenta por parte del Pentágono, mientras que en el resto de países la política estadounidense se centró en firmar tratados de libre comercio con los gobiernos respectivos.

Con el reciente acercamiento de posiciones entre Obama y Castro Cuba vuelve, 55 años después, a situarse en la órbita geoestratégica tradicional de Washington, a saber: ubicarse como un país amigo (o no hostil) presente en el primer círculo concéntrico de su espacio estratégico. Con este viraje es posible que La Habana se vaya desconectando lentamente de una Venezuela exhausta que ya no puede sostener la ayuda económica que dedicó durante más de una década a Cuba, y que con ello se vaya desvaneciendo la hermandad bilateral.

El distanciamiento entre Caracas y los diversos países que componen la Alianza Bolivariana para América (Alba) parece ser hoy la norma. Nicaragua, por ejemplo, está sustituyendo el apoyo venezolano por las promesas asiáticas de inversión en la construcción de un canal transoceánico. Y Bolivia y Ecuador están apostando más por explotar sus recursos (tanto forestales como del subsuelo) que por los petrodólares de Venezuela.

Así las cosas, todo indica que las nuevas relaciones entre Cuba y EEUU van a tener impacto no solo en la política doméstica norteamericana o en la maltrecha economía de la isla. Es posible que el acuerdo (si se consolida) suponga el inicio de una nueva geometría estratégica en el hemisferio americano en la que tanto la relación entre países como la autonomía relativa de los mismos dependa de su inclusión o no en los círculos de proximidad e influencia de EEUU. Si es así, aparecerá un nuevo escenario que romperá algunas dinámicas, como la de la Alba, pero reforzará otras, como la de Mercosur o la posición hegemónica de Brasil en el espacio suratlántico. Esta novedad, sin embargo, puede suponer una mayor dependencia de EEUU por parte de los países latinos del hemisferio norte. Para ellos la novedad es la vuelta al orden geopolítico de inicios del siglo XX.

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