10 abr 2020

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6 de mayo del 2014

Un nuevo Paral·lel

Joan Barril

Ayer empezó la reforma del Paral·lel de Barcelona. En los últimos tiempos el ayuntamiento ha decidido jugar a calles. Se trata de ampliar las aceras y dar espacio a los ciclistas. El Paral·lel va de las Drassanes hasta la plaza de Espanya y en algunos lugares abarca 50 metros de amplitud. El Paral·lel tuvo en sus tiempos a un curioso emperador, llamado Alejandro Lerroux. Y en sus aceras se concentraban sin duda los cafés más densos, como por ejemplo el Café Español, que podía reunir convenientemente sentados a un millar de barceloneses. Cerca de 20 teatros servían de asueto y diversión a la gente que por allí andaba. Las chimeneas de La Canadiense, todavía en pie pero inactivas, daban luz a aquel lugar que fue equiparado al West End londinense. El Paral·lel era el lugar idóneo para ver y hacerse ver. No era, sin lugar a dudas, un ámbito aristocrático, sino eminentemente popular.

Y ahora el ayuntamiento se dispone a ampliar las aceras y a crear unas cuantas plazas en ciertas esquinas para remozarlo. Con la política restrictiva de terrazas se hará imposible el regreso a la imagen del Café Español, pero al menos nos va a entretener en la larga marcha hacia el nuevo y mínimo urbanismo. El coste del nuevo Paral·lel se sitúa en nueve millones, que no está mal.

Se le llama Paral·lel porque se corresponde con un paralelo terrestre evaluado por los geógrafos como los 41 grados 21 minutos y 34 segundos de latitud norte. En el supuesto de que la avenida Meridiana llegara a cruzarse con el Paral·lel tendríamos un punto magistral del globo. Al Paral·lel se le llamó desde su fundación Avenida Marqués del Duero hasta que en 1932 las placas fueron cambiadas por las del abogado laboralista Francesc Layret, asesinado por los sicarios de la patronal. Poco le duro la avenida a Layret, porque en 1939, con la victoria de Franco, el marqués del Duero regresó para quedarse hasta que la democracia, sin ganas de complicarse la vida, resolvió que la gran arteria se llamara simplemente avenida del Paral·lel. ¿Y quién era el tal marqués del Duero que campaba por las plazas callejeras? Se trataba de Manuel Gutiérrez de la Concha e Irigoyen, un entorchado militar de Isabel II que ocupó la capitanía general de Barcelona y murió cerca de Estella en la segunda guerra carlista, cuando el valeroso marqués, en primera línea de sus tropas se lanzó a la carga contra los carlistas y un balazo le devolvió a la tierra de sus antepasados.

La reforma del Paral·lel no contempla ningún cambio onomástico. Al fin y al cabo todas las líneas paralelas se encuentran en el infinito. Y el infinito es lo que se espera de esa nueva avenida que va a angostar el tráfico y que va a dar acogida a nuevos restaurantes orientales y tiendas de todo a cien. La atmósfera popular de la gran calle va a mantenerse y los ciclistas, siempre por el centro de la calzada, conseguirán pasear sin esfuerzo por los parajes que antaño acogían a hombres con gorra y blusas catalanes, tocados también con canotiers y deleitándose con al habano llegado del puerto cercano.

Por una vez, el ayuntamiento ha seguido el camino que le ha marcado El Molino, correctamente renovado. El Poble Sec ya no es tan seco como en la toponimia existe. En las calles que bajan de Montjuïc se han instalado últimamente muchos bares agradables que llevan las bebidas hacia la gran avenida. Parafraseando a Jorge Manrique, puede decirse que nuestras calles son los ríos que van a dar a la avenida, que es el vivir.

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