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Opinión | ARTÍCULOs 21 DE Marzo DEL 2010

JOAN BARRIL

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Padres sin hijos

VATICANO,17 DE OCTUBRE DE 1978 La Guardia Suizaabandona la sede del cónclave cardenalicio tras la elección de Karol Wojtila como Papa.

VATICANO,17 DE OCTUBRE DE 1978 La Guardia Suizaabandona la sede del cónclave cardenalicio tras la elección de Karol Wojtila como Papa.

Acababa de cantar Only you, y mientras me aplaudían ya solo me quedaba un pantaloncito de piel de leopardo que me cubría lo único cubrible. Peter apareció entre las cortinas del teatrito: «¡Ven y sígueme!». Y, ya en el camerino, me quité las plumas de la cabeza, me despojé de las mallas y me desmaquillé con prisa, porque a Peter no le gustaba esperar y sus deseos eran órdenes para mí. Peter era mi novio, pero no le gustaba que se lo dijera en público, porque en aquellos primeros años 70 se podía ser comunista, se podía ser hippy, se podía trapichear con todo tipo de mierda, pero lo de ser gay era algo mal visto. Y Peter, después del amor, me dijo que ya no podía soportar verme exhibiendo mi cuerpo en aquel misterioso cabaret de Zúrich, que tenía planes para mí y que a mí lo que me convenía era irme al ejército de un país lejano.

Primero no le entendí. Pero Peter no era de los que deseaban ser entendidos, sino que le bastaba con ser obedecido. De ahí que, en una semana, me encontré en la oscuridad del túnel de San Gotardo y me recibieron la luz restallante de la Padania, los olivos de la Toscana y la alegría de los italianos. Roma me esperaba. Y en Roma no me costó mucho pedir un taxi y decirle que me llevara a la Ciudad del Vaticano. En una de las puertas laterales me recibió un hombre vestido de payaso: «Me llamo Pietro. Yo tengo las llaves de todo lo que hay aquí. ¡Ven y sígueme!». Y le seguí y me metió en una clase y ahí demostré que sabía lenguas. Y luego, en el campo, también demostré que sabía disparar. Y en las clases de defensa personal, les tumbé a todos. Tres meses después, Pietro me llevó al modista y ahí me probaron el traje de payaso que me convertía en miembro de la Guardia Suiza. Ensayé tres o cuatro pasos de desfile, hice piruetas con la alabarda, y la nueva promoción se presentó ante el Papa: un hombre mayor, de mirada de pájaro, que murió al cabo de pocos días. Lo mismo sucedió con un simpático Papa que venía de Venecia. Una noche, después de cenar, empezó a sentir un profundo dolor de barriga y, al cabo de dos días, su sonrisa se desvaneció. Me estaban durando poco los jefes. Pero, al fin, después de muchas deliberaciones, eligieron a un nuevo Papa destinado a durar, porque era muy joven. Tras la entronización, de nuevo el desfile. Y el Papa que se fijó en mí y me dijo: «Ven y sígueme». Y fui con él a tomar café y me preguntó de dónde venía. Porque lo cierto es que, aunque yo fuera bastantes años más joven, la verdad es que el nuevo Papa y yo éramos prácticamente iguales. El nuevo Papa me metía cada día en su despacho y hablaba para mí y yo tomaba notas. Me dijo que siempre iba bien tener un doble, y que me había elegido a mí. Con mis conocimientos de boy en el tugurio de Zúrich, aprendí a maquillarme como Su Santidad. Me subieron el sueldo y dejé de ir vestido como un payaso. Por el contrario, aprendí a vestirme con estolas, sotanas y capas pluviales, a llevar correctamente el solideo en la cabeza y a lucir la tiara por si acaso.

La verdad es que también este Papa duró muy poco. Un día, en la misma plaza de San Pedro, un turco pérfido le descerrajó unos cuantos tiros. Ya en sus habitaciones, el Papa murió, pero antes de hacerlo dejó dispuesto que yo ocupara su lugar y que me obedecieran como si se tratara de él.

Y así fue como empecé a viajar y a excomulgar a los de la Teología de la Liberación. Y hasta conseguí que los comunistas se fueran de Polonia, que esto a él le habría gustado. Y así pasaron los años. Pietro murió atropellado por una calesa y a mi querido y olvidado Peter le encontraron en el parque de las jeringas de Zúrich, tumbado por la heroína y el sida. Recé por ellos y también empecé a rezar por mí. Porque una noche soñé que se me acercaba san Pedro, el que de verdad tenía las llaves del cielo, y me decía lo de siempre: «¡Ven y sígueme!». Y entonces yo le seguí mientras mi gente encendía pequeñas velas frente a la clínica. Ahora quieren hacerme santo y, mientras estoy a la espera del acontecimiento, me dedico a enseñarles a los ángeles los pasos de Only you.