02 abr 2020

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Ofertas difíciles de rechazar

Joan Barril

Mamá, voy a la calle a jugar al balón!». Y la madre, mientras continuaba frente a la pantalla dándole a la traducción de un texto técnico, dijo que sí con la boca ocupada por uno de aquellos cigarrillos que siempre habían de ser el último. Oyó pasos en el pasillo. Otro de los hombres de la casa se iba. «Hija, me voy con los amiguetes a lo de la petanca». A veces Clara Bisagra se sentía como una náufraga social. Desde que su marido se largó a por tabaco, todo le había ido regular tirando a mal. Un hijo encantador al que había de subir como fuera, que se pasaba el día en el campo de fútbol del barrio. Y un padre no menos encantador que era incapaz de recoger la cocina. Por fortuna tenía aquel trabajo de traductora técnica. Tanto daba que fuera el prospecto de un producto farmacéutico como las especificaciones de una motocicleta de 1.000 centímetros cúbicos. Clara Bisagra se ganaba la vida poniendo en lenguaje normal y próximo los arcanos de una jerga misteriosa y lejana. Siempre le había gustado escribir de verdad. Tal vez una novela. Con sus propios recuerdos ya habría materia suficiente, pensaba. Pero no había manera de sacarse las traducciones de encima. La realidad técnica siempre acaba superando a la ficción romántica. La industria mueve dinero mientras que los sueños siempre son caros.

Aquel día pintaba bien. Le faltaban solo cuatro páginas y, aprovechando que ni el nieto ni el abuelo se encontraban en casa, tal vez podría ir a darse un gusto con su amiga Inés en la heladería de la plaza. Marcó el punto final del texto. Mandó el documento a la central de traducciones, cerró el ordenador y se disponía a salir cuando llamaron a la puerta. Era un hombre. Clara Bisagra pensó que no lo podía disimular. Espaldas anchas, vestido con clase, gafas de sol que asomaban por el bolsillo de la americana y aquella sonrisa serena y fascinante de aquellos que creen que el mundo es su sala de estar. La llamó por su nombre. La trataba de usted. Le pidió permiso para entrar y Clara Bisagra pensó que el helado con Inés siempre podría volver a congelarse. «Pase usted, siéntese, ¿un café?». Siempre se ofrece un café a alguien que lo que desea son muchas otras cosas. El hombre le habló de su hijo y eso puso a Clara Bisagra en guardia. Pero pronto se relajó: el hombre del café y de la sonrisa era un ojeador deportivo. Hacía días que se había fijado en la forma de jugar de su hijo de 10 años, en su dríbling, en sus huesos, en la nobleza con el contrario, en la deportividad, en sus ganas de no darse nunca por vencido. Le venía a proponer un trato. Un importante club americano estaba dispuesto a hacerle un contrato a su hijo. Se entrenaría allí y siempre pertenecería a aquel club con vocación campeona. El contrato era para el chaval, pero toda la familia se beneficiaría. Perpleja y asustada, Clara Bisagra despidió al hombre hasta la puerta. «Piénselo. Su hijo es un diamante en bruto».

Sofocada todavía por la noticia, Clara Bisagra buscó en el atlas universal la ciudad en la que su hijo, por designio futbolístico, debía sacarles de la miseria. Podía estar bien. El niño tendría buenas escuelas y la vida podría recomenzar. De nuevo sonó el timbre de la puerta. Era otro hombre, muy parecido al anterior. En esta ocasión no era la sonrisa, sino la mirada la que hurgaba como un berbiquí en la mirada sorprendida de Clara Bisagra. De nuevo el «¿puedo entrar?» y el «¿quiere un café?». Y el hombre que le dice que en una ciudad francesa están prestigiando el deporte de la petanca y que se han fijado en las virtudes de su padre. El club estaría dispuesto a fichar al veterano petanquista y a montarles una magnífica vivienda y la escolarización del nieto. «Piénselo. Su padre es una leyenda viva de la petanca».

Clara Bisagra ha servido la mesa a su hijo y a su padre. No dice nada. Le cuentan sus hazañas. «He marcado cinco goles, mamá». Y su padre: «Hija mía. Soy el rey de las bolas. Te traigo 50 euros de las apuestas ganadas». En ese momento llaman al timbre. Es la tercera vez en el mismo día. Un telegrama de la UE. Le ofrecen un contrato fijo de intérprete. Una pasta. Un acto de confianza. Tú vales, Clara. Claro que vales. Por fin algo que no depende de los demás. Reunión familiar. «Hijo. Papá. Nos vamos a Bruselas. Olvidaos del fútbol y de la petanca. Empezamos una nueva vida». Y el padre y el hijo, aunque callados, le dan las gracias.

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