08 abr 2020

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22 de marzO del 2014

Luces de la ciudad

Joan Barril

Últimamente determinados colectivos que pretenden devolver la ciudad al aspecto del siglo XIX están en contra de la llamada contaminación lumínica. Por lo visto los ciudadanos nocturnos se ven obligados a cubrir sus ojos con gafas de sol para poder circular sin deslumbrarse. La iluminación pública debe ser testable, no tanto por iluminación cuanto por pública en un momento en el que todas las cosas que nos dan una cierta comodidad deberían ser privadas. Así se cree que la sanidad pública no tiene nada que ver con la privada, el transporte privado es mejor que el público y la luz más vale que la pague alguien porque de lo contrario hay que rebajar los vatios.

Lo de la luz nocturna tiene otras visiones. Ahora que estamos muy cerca del cambio horario que tendrá lugar el día 30 a las dos de la madrugada vale la pena empezar a vivir ese espacio prodigioso de la luz solar y la iluminación incipiente de los escaparates comerciales. El sol nos ilumina, pero la noche marca el instante en el que empieza la consagración de la luz urbana, privada y alta. Son las luces que emanan de las ventanas de los edificios de oficinas.

El paisaje de los grandes edificios iluminados se ha convertido en el ámbito estético de las ciudades que aparentemente nunca duermen. No hay programa de televisión nocturno que no se realice sobre un fondo de ventanas iluminadas de forma aleatoria. La noche es la que separa la vida del sueño, la intimidad y el trabajo. Desde hace años, cada día que voy con mi moto a casa me encuentro con un semáforo prolongado en la esquina de Amigó y Via Augusta. Ahí enfrente se levanta la sede de la compañía de seguros Zurich. Las luces están encendidas, pero jamás están prendidas de la misma manera. En el largo minuto del semáforo me fijo en la actividad que debería intuirse en las distintas plantas. Jamás hay nadie. Algunas veces, muy pocas, me ha parecido ver el mango de una fregona que abrillanta el suelo. En esas luces huecas, encendidas para casi nadie, se asiste al orgullo de la actividad perenne que no se corresponde con la actividad real. Los responsables del inmueble quieren hacernos creer que el dinero de sus seguros también trabaja de noche. No importa que no haya nadie delante del ordenador que da a la Via Augusta. En aquella torre de oficinas se intuye el ronroneo de los ordenadores que viven de las incidencias de los asegurados. De ahí saldrán por la mañana facturas impagadas o remesas de indemnizaciones. No habrán crecido bajo la luz de sus oficinas, sino en los oscuros cables de la informática. La luz nocturna llega a nuestros bancos casi de puntillas. Pero en las alturas quedan los edificios comerciales, erguidos como los árboles de Navidad de los negocios.

Mientras las aceras son pistas por donde se deslizan los ciudadanos a trompicones. De vez en cuando las luces verdes o rojas indican una mínima disciplina para nadie. No nos gusta la luz pues nos hemos convertido en murciélagos, pero nos encantan esas ventanas del capital, templos donde los ojos nos miran para encegarnos un poco más.

Esta noche he vuelto al semáforo y he mirado a la acera. Una pareja celebraba el aniversario con una vela sobre un pastel. Aún hay luces temblorosas que creen en el futuro.

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