08 abr 2020

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10 de julio del 2014

Los trenes perdidos

Joan Barril

No sé a ustedes, pero a mí me gusta el tren. No me refiero al AVE, que es un tren de los caros y de los cómodos. Me refiero a los trenes que van a una velocidad que nos permite ver los rostros de la gente que nos saluda en el exterior. Esos trenes más o menos cachazudos son trenes en trance de extinción. Cuando desde las autoridades de Fomento detectan que la línea ha dejado de ser rentable, entonces se asiste a la desaparición de las máquinas y los vagones. A continuación van fundiéndose los raíles y, en el mejor de los casos, el plazo final consiste en sustituir el viejo trazado por una vía verde, es decir, un sendero sin vías y no necesariamente verde.

Me gustarían los trenes lentos si estuvieran bien cuidados. No me gusta ver tapiada una estación y que no haya una bonita cafetería con su salón y sus sillas Thonet. No me gusta que los lavabos públicos de las estaciones se llamen retretes y que el espacio para los hombres se describa como «caballeros». La palabra caballero es propia de guardias civiles. Basta que la autoridad te diga caballero para ponerse a temblar. En las estaciones ya ni siquiera hay cobradores que te dan el billete y hay que irlo a buscar a bordo para no ser un indocumentado. Debe de ser por ello que me gusta montar en tranvía. Y cada vez que debo ir a TV-3 o a casa de un amigo que vive en Sant Just siento el chasquido del trole y el pequeño sobresalto de las junturas.

Mi amiga Mercè, que es del Priorat, invierte dos largas horas en ir de Barcelona a la estación de Marçà, más o menos el tiempo con el que un AVE llega más allá de Calatayud. En eso algo se ha avanzado. El primer tren de la Península parece ser que se inauguró en 1848 entre Barcelona y Mataró. Se invirtieron 35 minutos en el trayecto. Los mismos que hoy tardamos de Barcelona a la capital del Maresme. No avanzamos. Y mientras tanto continúa pagándose la estulticia del ingeniero Subercase que es quien decidió en el siglo XIX que el ancho de vía ibérico había de medir seis pies castellanos.

Contrariamente a lo que se cree, el primer ferrocarril sobre suelo español data de 1837 y cubría la distancia entre Puerto de La Habana y Güines, en la Cuba colonial. El trayecto no sobrepasaba los 28 kilómetros pero lo sorprendente es que en la construcción de ese tren y de su trazado murieron cerca de 2.000 trabajadores, entre desprendimientos y fiebres. El tren no es una bicoca amable. El tren se acaba pagando, y de qué manera.

Por fortuna hay países europeos que mantienen sus ferrocarriles con limpieza y rigor, solo para que los pasajeros sientan el lento rodar hacia el amor o puedan ensoñarse en la poesía. Los trenes suizos continúan siendo el monumento nacional mejor engrasado de la confederación. Los trenes británicos los usan niños que van a la escuela y jubilados que no quieren ponerse al volante.

Quedan en el mundo tendidos ferroviarios que emocionan a los ingenieros, como el curioso sistema de vaivén que permite levantar al tren de las nubes cerca de la argentina Salta, o el Transiberiano que tanta literatura ha sido capaz de generar, o el Rocky Mountaneer, ese trazado que va de Calgary hasta Vancouver y que marcha en paralelo a las aguas del río Frazer pasando sobre puentes vertiginosos.

Mientras tanto no hay día sin lluvia en el que no tengamos que escuchar por la radio que un tren se ha detenido en una vía única y que un autobús ha tenido que transportar a los pasajeros. Un país que mima a los trenes se está rejuveneciendo a sí mismo.

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