08 abr 2020

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Los 'libros fuego'

Joan Barril

Realmente era una obra enorme. Desde el mirador del puerto la carretera descendía hasta el gran embalse bajo el que habían quedados sumergidos cinco pueblos con sus respectivos cementerios, casas y escuelas. En el centro del embalse había quedado una gran isla y el gobierno, para contrarrestar la impopularidad de haber anegado toda una comarca, había decidido construir en la isla la gran biblioteca nacional. Alfonso Alberto había bajado de su camión cargado de libros y de incunables de un monasterio lejano y se dejó despertar por el majestuoso paisaje.

Aquella noche del jueves había dormido muy poco y ni siquiera la perspectiva de estar haciendo el último transporte del día conseguía animarle. Cruzó el puente levadizo que unía la isla con la ribera. Aparcó el camión en el patio mientras un toro iba descargando los palets con las cajas. «Hombre, Alfabeto! No hagas esa cara que eso se está acabando. Ya casi todos los libros están aquí». Llamarse Alfonso Alberto siempre tiene sus riesgos. Alfa de Alfonso y Beto de Alberto, claro. Y desde la escuela se había acostumbrado a que le llamaran Alfabeto, un nombre idóneo para un transportista eventual y en precario de la biblioteca nacional.

Alfabeto aprovechó el tiempo para visitar el edificio. Todo era piedra, mármol y metal. Nada de materiales combustibles. Todavía no habían instalado ni la luz ni los sistemas informáticos. Era una verdadera biblioteca muerta. Los anaqueles y los estantes estaban vacíos y frente a ellos enormes cajas de rejilla de alambre esperaban la llegada de los bibliotecarios. Por las ventanas se filtraba una luz mortecina que iluminaba unos pequeños rótulos. «Literatura catalana», a la derecha. Mucho más lejos: «Literatura balear». Todo vacío todavía. Primero es la burocracia y luego el contenido, ya se sabe. Alfabeto buscó un lavabo. Se sentó en la taza y, arrastrado por la modorra, se quedó dormido.

Se despertó de frío y de ridículo. Cómo había podido dormir tanto rato en aquella absurda posición? Definitivamente las noches de farra se habían de dejar para los viernes. Nunca más en jueves. Ya era de noche y solo se oían sus pasos resonando por el edificio. Le pareció escuchar un chasquido en la puerta principal. Corrió hacia allí para que no le dejaran encerrado, pero se dio de bruces con lo que parecía ser la obra completa de Josep Pla o algo peor. Con la rodilla dolorida intentó encontrar la salida, pero ya solo escuchó el ruido de un coche alejándose. Efectivamente, le habían dejado encerrado y nadie regresaría a por él hasta la mañana del lunes. En aquella biblioteca entre montañas nevadas no hacía falta ninguna vigilancia.

Alfabeto se sintió enfermo. El clima continental extremado estaba haciendo bajar la temperatura hasta límites insoportables. Aquellas grandes cristaleras por las que entraba una cálida luz ahora eran verdaderas superficies de frío. Tiritando, Alfabeto no tuvo más remedio que sucumbir a la tentación. Siempre le había repugnado la idea de quemar libros. Las imágenes de los nazis arrojando libros a la hoguera o de los militares golpistas de Chile destruyendo las bibliotecas de los detenidos era algo aberrante. Pero estaba ahí, en la oscuridad de un mausoleo de la cultura escrita. Una cultura que nunca le había salvado de los contratos basura ni del paro endémico.

Y con el fuego los libros fueron liberados. Un olor a hoguera se expandió por todo el edificio. Entre las llamas se veían caballeros andantes y escuderos dóciles, celestinas y regentas, donjuanes y pijoapartes que se perdían por las distintas salas llevando sus llamas a otras hogueras que liberaban a los espíritus incendiados de pascualesduarte, de la Maga, de Pantaleón, de Martín Romaña y su exagerada vida. También estaban allí, lúcidos y flamígeros, el gran incinerador bibliófobo Pepe Carvalho y Plinio, el de Tomelloso, y J.B., el de la saga/fuga. Y las llamas de todos los personajes de la literatura se olvidaron de sus respectivas lenguas, devoraron el cuerpo adormecido de Alfabeto, salieron por las ventanas y llevaron la devastación en un pavoroso incendio forestal que llegó hasta la puerta de las ciudades. Solo cuando los bomberos llevaron a primera línea el cese de la ministra de Cultura, los libros fuego decidieron apagarse voluntariamente y devolver sus cenizas a los estantes.

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