02 abr 2020

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3 de junio del 2014

La realidad y la realeza

Joan Barril

Son las nueve de la mañana del 2 de junio. Me siento en la pequeña y honesta cafetería Sandwichez de la Via Augusta. Como siempre, un pequeño bocata de espléndido jamón y un zumo. Por las ventanas imagino un lento circular de bigas y de cuádrigas con destino a Tarraco. Los periódicos son de papel y la clientela se los intercambia. Nada que destacar. El Llagostera lo tiene crudo y suerte hemos tenido del waterpolo de los mariners de la Barceloneta. Me voy para ponerme a escribir con el afán del cronista de la cotidianidad. Llaman al teléfono. Es mi madre. Me advierte de la última noticia del día: el Rey abdica. Por lo visto todo el mundo habla de esto. La abdicación es una palabra antigua. La abdicación es en realidad la jubilación de aquel que no quería ser sustituido por nadie. Llegan los primeros chistes al wasap: «Habremos vivido tres papas, cinco presidentes de Gobierno, dos reyes, pero solo habremos vivido un único presentador de Saber y ganar. Qué cosas».

No sabemos si ganamos o sabemos. Al mediodía, a la hora del aperitivo en Mitja Vida, se escuchan todas las versiones de la historia de la abdicación real. Los graciosos hablan de la colega Letizia diciendo aquello de «Esta noche follaré como una reina». El Twitter continúa dando la lata. Se da la noticia y se insiste en la valoración de los usuarios: «A 3.456.000 elefantes les ha gustado esto». Los cambios sirven para aplicar una revolución laxa y tranquila. De la guillotina a la abdicación por cuestiones de edad no hay color. Bueno es que la vida tenga también momentos de descanso. De nuevo el Twitter con una foto del Monarca y dos señoras espléndidas de piel oscura: «Te dije que mandaras dos muletas pero no dos mulatas». Probablemente este Rey nuestro que ahora se va ha sido el hombre que mejor ha sabido defender la Corona. Siempre dispuesto a ser más tentetieso que garrotazo y siempre en el equilibrio de no disgustar a los suyos pero darles gusto a los demás. Otro rey, el rey León, llevaba a su hijo a contemplar la sabana que le otorgaba. «Te dejo toda esta mierda de corrupción, de tertulianos idiotas, de siervos de sí mismos, de yernos asaetados por las flechas judiciales. Todo eso, hijo mío, ha de ser tuyo».

Y uno piensa en aquel niño rubio que formaba parte de la familia real cuando Rodríguez de Valcárcel, en las Cortes, dijo aquello de «en el emocionado recuerdo a Franco: ¡Viva el Rey!» Entre caña y caña se oyen comentarios de todos los matices. Unos dicen que gracias a Juan Carlos se salvó la democracia, otros se hacen eco de la torpeza con la que el elefante mira al Monarca español. Los más agudos dicen que el nombre clave del 23-F no era otro que el elefante blanco. Y el intelectual tranquilo dice que gracias a Juan Carlos la tragedia se convirtió en una comedia de Arniches. Nadie ha muerto por ese Rey que ahora se va. Probablemente es a lo más a lo que se puede aspirar.

Ya de noche, en las últimas copas de la madrugada, volveremos a hablar de ese hombre que no tuvo su destino en sus manos pero que consiguió salir del siglo XIX con toda tranquilidad. Agradecimiento o paciencia, pero al final resultará que en el fondo de todas las conductas Juan Carlos fue uno de los nuestros. Errores y aciertos le rodearon. No tuvo la posibilidad de ningún gesto heroico. Sus asesores le encerraron en la Zarzuela y los gobiernos de turno le mandaron a confraternizar con la hez del planeta como por ejemplo Gadafi o algunos emires del golfo.

Ahora se va para no sufrir por sí mismo y para dejar sufrir a su heredero. Abdica, que no es poco. Ahora vivirá mejor, sin duda.

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