04 abr 2020

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La barba de Elvis

Joan Barril

A veces hay esperas demasiado largas. Sobre todo en las peluquerías unisex, ahí donde el antiguo barbero ya no se llama barbero sino estilista. Ahí donde hay que guardar silla porque en manos del estilista hay un moldeado o unas mechas. Don Luis ya había consumido con desgana todas las revistas, tanto las del corazón como las del hígado, y se acariciaba la larga barba blanca como despidiéndose. Faltaban pocos minutos para que una parte de su vida cayera bajo las tijeras del estilista. Todo se acaba, pero todo es reversible, pensaba Don Luis. Y una furtiva lágrima cayó en los rizos que temblaban en la pechera.

Junto a Don Luis estaba un hombre más joven. Su barba era de un par de días y su cabello amenazaba con mostrar el fondo de sus ideas. Tenía ganas de hablar, que es lo que se suele hacer en una peluquería: «Y usted, ¿a qué viene?». Don Luis le dijo que venía a inmolar su larga barba, porque hay muchas vidas en una vida. Por cortesía le repreguntó: «¿Y usted?». El hombre con ganas de hablar agradeció la oportunidad. Le contó que él siempre se afeitaba con una máquina manual y jabón, pero que la cosa se estaba poniendo difícil. Su maquinilla era una XYZ versión 2.0, pero la misma casa había sacado al mercado cuchillas de otras versiones incompatibles. Eso llevaba a confusión y un gran gasto. Uno iba a la perfumería y pedía cuchillas, pero a veces le daban la versión 2.1 y en otras ocasiones la super 3.2. Y cuando llegaba a casa las carísimas cuchillas no encajaban con su máquina. «El progreso a veces es retroceso, amigo mío. Afeitarse ya no es tan sencillo como antes». Y añadió con cruel ingenuidad: «Usted de eso ya ni se debe de acordar, ¿verdad?».

Don Luis ni siquiera sonrió. Se limitó a decir que aquella barba no se la había cortado desde el día en el que murió Elvis Presley. Y remató: «Usted todavía iba con chupete». El aludido se emocionó. Le pidió permiso para acariciar aquel recuerdo votivo del Rey del Rock. Don Luis se dejó hacer mientras el pobre hombre de la maquinilla equivocada cantaba por lo bajo 'King Creole' o 'In the ghetto'. Al cabo de un rato, el hombre más joven le preguntó a Don Luis por qué, tras tantos años, había decidido acabar con aquel recuerdo. «Pues verá usted. Por los dientes. No me entiende, ¿verdad? La edad no perdona. He mordido todo lo que he querido, he acariciado y he dado dentelladas crueles. Pero ahora me han de sacar los dos colmillos y cuatro molares».

Naturalmente, aquella sustitución de piezas dentales no tenía nada que ver con el salón del estilista. El hombre le advirtió a Don Luis de que se había sentado en una peluquería. «Lo sé, joven. Pero un médico orgulloso, antes incluso de que abriera la boca, me dijo con ese tono del déspota científico que no pensaba operarme si antes no me cortaba la barba. Y aquí estoy, dispuesto a acabar con lo único que me unía visiblemente a Elvis».

Fue entonces cuando el hombre pasó su brazo sobre la espalda de Don Luis, le animó a levantarse y le dijo con la trascendencia de los grandes gestos de la Humanidad: «Conserve usted su barba y el recuerdo de Elvis. Soy dentista. Yo me encargaré de sus molares. Le aseguro que no le va a doler. Ni en el cuerpo ni en el alma». Y se fueron calle abajo como un niño que acaba de conocer al ratoncito Pérez.

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