29 mar 2020

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14 de junio del 2014

La amistad del plato

Joan Barril

No está muy claro el origen de la expresión supuestamente coránica que reza: «Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña». De lo que se trata es que ambos se encuentren y es más que probable que, ya que las montañas no tienen capacidad de trasladarse, sea el bueno de Mahoma el que acuda a la montaña a reflexionar y a rezar. Así al menos se cuenta en la tradición de todas las religiones.

Algo así debieron pensar los inventores de Tast a la Rambla, un muestrario de cocina al aire libre que se levanta hasta el domingo al final de la Rambla. Dicen los impulsores que se trata de recordar a los barceloneses que la Rambla también existe y que es suya. Pero pronto las barras se vieron conquistadas por multitud de turistas dispuestos a todo. Ya se sabe que las comilonas son para el verano y que la fama gastronómica catalana ha cruzado fronteras. En ese tast no se ofrecen fritangas ni viandas a la brasa. Hay una voluntad de elaboración que sorprende a propios y extraños. Lo dicho: si los restaurantes no están para grandes afluencias de clientes, mejor ir a buscarlos de la misma manera con la que Mahoma fue en pos de la montaña.

El Tast de la Rambla tiene algún problema. Nunca me ha gustado comer de pie. Me imagino formando parte de una manada de caballos o de un rebaño de rumiantes. La civilización nació en torno a una mesa o, en su defecto, en un triclinium romano. Pero el acto de comer de pie relega al comensal a la condición de soldado a la espera del rancho. En ese acantonamiento voluntario se encuentra lo mejor de cada casa y el rigor de las mejores cocinas, pero continúa experimentándose una cierta dificultad que rebaja la gastronomía a simple nutrición. Una mano para el platillo, la otra para el pequeño cubierto, una tercera mano para la copa de vino y una cuarta para saludar al amigo con el que casualmente hemos coincidido. Eso sin contar con la quinta mano para una sucinta servilleta. Demasiadas manos de las que carecemos. Ni siquiera Mahoma conseguiría ir a la silla si la silla no se acercara a él.

Sin embargo no hay ninguna duda de que el Tast de la Rambla es una experiencia divertida. Al fin y al cabo no hay nada más creativo que romper el uso tradicional de las calles hasta hacerlas nuestras en actividades que no son las habituales. Sacar los fogones al paseo y llenar el sur de la Rambla con los aromas más suculentos es una manera de sentir la evolución de la ciudad, cuando nuestros ancestros debían encender el fuego en torno a la muralla o los astilleros de las cercanas atarazanas se desayunaban algún pescado recién sacado de las aguas de un puerto que todavía no era tal.

En estos días los mandiles blancos de los cocineros restallan bajo el sol del verano y bajo la luna llena que la madrugada del jueves proporcionó a la Rambla su condición de finis terrae. Los comensales juegan a cocinitas y los cocineros se convierten en alcaldes de los sabores. De la misma manera que en Múnich celebran su misa anual en torno a la cerveza y que los holandeses sacan a pasear sus quesos en Volendam, también en Barcelona hay motivos para, como decía el poeta, encontrar la paz en los cuerpos y en nosotros.

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