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29 de abril del 2014

Elogio de la mano

Joan Barril

Las cosas se pueden comprar o simplemente se pueden usar. Benjamin Franklin ya definió al ser humano como el único animal que sabía construir herramientas. Esa definición fue aprovechada por Marx y también por Hannah Arendt. Todos somos Homo sapiens. Pero algunos son más Homo ludens, o sea hombres que jugamos y nos divertimos. Y unos cuantos pertenecemos a la categoría de los Homo faber, que son los que hacen cosas con las manos.

En Montjuïc se encontraron la semana pasada los Homo faber. Se celebraba el Handmade Festival, y la gente asistió a talleres, cursos, exhibiciones de todo aquello que podemos hacer con las manos, desde la cerveza artesanal hasta la libreta de los recuerdos. Es curiosa esta nueva apreciación de las manos. Incluso la Agencia Tributaria ha suprimido los bolígrafos para que los contribuyentes rellenen su declaración de renta. La mayoría de productos tecnológicos consideran una ventaja la condición de manos libres. En otras palabras: que la mano es primitiva y ha caído en desgracia. Esta debe ser una de las causas por las que el Handmade Festival va imponiendo su carácter resistencial. Los restaurantes, a la hora de los postres, intentan tentarnos diciendo que la crema o los helados están hechos en casa. Hacer las cosas en casa y con nuestras propias manos significan una bandera contra la mala industrialización y la amoralidad del usar y tirar. Contra la obsolescencia planificada de tantos productos se echa en falta la solidez de las manufacturas caseras. Tal vez no funcione del todo, pero la responsabilidad va a ser nuestra. Y cuando somos los autores de nuestras pequeñas obras domésticas podemos parafrasear a Santa Teresa de Jesús, y decir que hasta en las averías se encuentra el Señor.

Pero eso del Handmade Festival incorpora un par de dudas. ¿La gente se dispone a hacer las cosas a mano como alternativa doméstica a la crisis? ¿Se hace por placer? ¿Por mística? ¿O por demostrar que somos poseedores de un bien tan preciado como el tiempo? Las cosas hechas a mano son un tributo a la lentitud de la vida y a la gratuidad del gesto. Son piezas únicas que no irán jamás a ningún museo que no sea el sentimental de cada cual. Enfrentarnos con los materiales y obtener de ellos la belleza no tiene nada que ver con la exaltación fordista de la cadena de montaje ni con el montaje forzado de los muebles de Ikea. El Homo faber no cuenta los minutos. Pone las manos al servicio de quien va a recibir sus piezas y según pasa el día se convierte en un pequeño dios creador de pequeñas cosas. Es un pequeño lujo que se alimenta de paz espiritual para transmitirla a los demás.

En esa resurrección de lo hecho a mano no se espera ninguna compensación económica ni puede considerarse trabajo. Es un privilegio occidental. Tenemos las cosas básicas cubiertas y podemos dedicarnos al crecimiento personal del alfarero, el jardinero dominical o el artista del batik. También la semana pasada se conmemoraba el hundimiento de un edificio hacinado de trabajadores manuales de los textiles con que nos vestiremos durante el verano. Murieron 1.133 personas. Era trabajo hecho con las manos, pero sin ningún placer y mucha inseguridad. Es cuando las manos ya no nos pertenecen. Las manos del galeote, del minero, las manos de las cantidades rentables para sus dueños. Cuando nos demos la mano, asegurémonos que siempre será nuestra. Y que tanto servirá para la invención de objetos como para la exploración de las caricias.

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