04 jul 2020

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El pozo de los odios

Joan Barril

La señora Lola Tornador vivía con ese dolor agridulce de las viudas en su casa de Borriana. Lola se levantaba cada día cuando por el horizonte aparecía una luz amarillenta que indicaba que todo podía continuar. La noche es el reino del sueño y también de la muerte. Amanecer era una manera de vivir de nuevo y Lola Tornador lo celebraba con un pequeño ritual que la vinculaba a la Naturaleza. Por ejemplo: dar de beber a los pájaros y darles un puñado de granos en el alféizar de la ventana. Lola hablaba poco y cuando lo hacía hablaba sola en un murmullo. Bajaba las escaleras y llenaba el cubo del pozo de su patio.

Era aquella un agua eterna, un agua que había resistido durante siglos a los embates de la salinidad cercana y a la sequía de los acuíferos que irrigaban la huerta cercana. El pozo siempre había estado allí, con su agua que parecía negra y que revivía cuando llegaba a la superficie.

De ahí bebían los pájaros que llenaban el silencio de su patio. Dar de beber al sediento, en tiempos de agua corriente, continuaba siendo una obra de misericordia. Aunque fuera para los pájaros.

Otro ritual de Lola era poner la radio. Por causas eclesiásticas Lola conectaba una radio que no le gustaba. Era una radio pegajosa, un aparato que rezumaba odio y malas noticias. Una mañana de esas en las que el espíritu vive en permanente marejada, Lola agarró el aparato de radio y lo tiró al pozo de donde sacaba el agua para sus pájaros.

La vida volvió a ser bella. Con su pensión de viudedad Lola fue comprando aparatos de radio de usar y tirar. Y así fue como, cada vez que volvían a sonar por sus radios nuevas las malas noticias y la mala sangre de su locutor matutino, en vez de cambiar el dial tiraba la radio al pozo de su patio. Una y otra vez hasta que la señora Lola descansaba y se veía con fuerzas para volver a enfrentarse a la realidad.

El proceso fue muy lento. Poco a poco, el agua y el alpiste se quedaron sin consumir en el alféizar de la ventana y los pájaros dejaron de frecuentar sus naranjos. No solo eso: el alcalde anunció que alguien estaba envenenando a los pájaros del municipio porque las brigadas de limpieza iban recogiendo cadáveres de palomas, de estorninos y de jilgueros.

La ciudad se sintió intranquila. Alguno de los suyos estaba envenenando la biosfera. Tal vez era una epidemia aviar o un efecto secundario de los productos químicos de los naranjales. El envenenador de aves era como el vampiro de Dusseldorf o como el estrangulador de Boston: uno entre muchos, un ser desconocido que había alterado la vida del municipio.

Una tarde anunciaron a la viuda Lola que iban a cerrar el agua corriente por no se qué de unas obras hidráulicas. Fue entonces cuando Lola Tornador se dirigió al pozo donde había ido arrojando todas las radios de todas las malas noticias y llenó una olla de agua para beber. La encontraron muerta al cabo de una semana. La autopsia diagnosticó una intoxicación de odio radiofónico. Desde entonces, sin el agua del pozo de las radios, los pájaros han vuelto a volar sobre la tumba de la amiga que les dio de beber y que les advirtió de que el odio, aunque sea en concentraciones bajas, acaba matando a todo aquel que se le acerca.

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