10 abr 2020

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Cambiar en una sola noche

Joan Barril

Valentín se miraba al espejo mientras la tos del tabaco le clavaba mil alfileres en los pulmones. La única manera de calmar ese dolor era agarrarse al cigarrillo. En el paquete una única advertencia: «Fumar mata». En los estertores de una muerte lenta, Valentín salió de su casa a cuatro vientos, oyó el crepitar de la gravilla bajo su coche nuevo, los pájaros que se resistían a emigrar, se dejó llevar por la animación de las calles de la ciudad vecina y aspiró el café de la concordia con el cuerpo. Hacía sol y la temperatura era suave, la gente parecía contenta y le contagiaban las ganas de vivir. Valentín, como una bruja caribeña, leyó en los posos del café que había llegado el momento de cambiar de vida. Y que todos los cambios tienen su tiempo. Era el último día del año. Aquella noche habría fiesta y mañana se produciría el renacimiento de Valentín.

Sacó una libreta y un bolígrafo y en la terraza del café más amable y optimista del mundo, empezó a escribir los grandes cambios que se producirían la primera semana del año. En primer lugar: se acabó el fumar. Nada de medias tintas. Sobre todo no caer en el absurdo de ir rebajando la dosis. Punto y raya. Cuando sonaran las doce, el último humo ennicotinado y alquitranado pasaría garganta abajo. Se acabaría así la dichosa tos que era como el ladrido del perro de la muerte. En segundo lugar, Valentín decidió que había que moverse. La vida del sofá era perjudicial para la salud. Se apuntó aquella misma mañana a un gimnasio y a un club atlético. Eso sí haría de él un hombre nuevo, sano y exportable.

Hablando de exportación, en tercer lugar, Valentín consideró que ya era hora de aprender de una vez inglés. Todos sus amigos se defendían como podían. Algunos incluso hablaban en inglés por teléfono, sin necesidad de gestos conseguían lo que querían. Si los más torpes de su generación se expresaban en inglés, para Valentín la cosa sería pan comido. Saliendo del club atlético se matriculó en una academia de inglés. La nueva vida se iba afianzando. Con el dominio del inglés la empresa le promocionaría y le caería un cargo importante.

Pensó en su mujer y en la última discusión que habían mantenido sobre la conveniencia o no de ampliar el jardín y de construir una piscina. Decidió que nunca más volvería a discutir con su esposa. No era una cuestión de amor, sino de puro respeto. Se hacían compañía y, si ella quería una piscina, la tendría. Entró en una tienda y se llevo unos catálogos. Gastó una paga extra como anticipo de las obras. Sería una bonita sorpresa.

Cargado de buenos propósitos, Valentín estaba radiante en la Nochevieja. Comió más uvas de las 12 habituales. Besó a su mujer con una ternura desconocida. Bebió lo que quiso y a las doce de la noche dio la última calada a su último cigarrillo. El mundo giraba muy aprisa. Todo eran ganas de volver a empezar y el alma y el cuerpo se despidieron durante unas horas.

Se despertó en su cama. Junto a él un pliego de cartas y su libreta. Recordaba la libreta y sus buenos propósitos. La tos volvió a sacudirle desde dentro. Era una batalla que había que ganar. Valentín se reafirmaba: nunca más volvería a fumar. Repasaba las hojas que había escrito el día anterior: no discutir con su mujer, la piscina por la que ya había pagado sus dineros, el club atlético, el inglés, la promoción profesional. Viva el año nuevo!

Notaba los pies pesados y se dio cuenta de que llevaba la pierna enyesada. Una carta del hospital acompañaba la lesión: fractura de peroné. Aconsejable no hacer ejercicio. La siguiente carta venía del Ministerio de Obras Públicas: le apercibían de la expropiación de su casa y jardín para la construcción de una autovía. El periódico anunciaba la suspensión de pagos de la academia de inglés en la que se había matriculado. Una penúltima carta del departamento de recursos humanos de su empresa le anunciaba que habían prescindido de sus servicios. Y una nota de su mujer decía: «Me voy. Ya no te aguanto más. Ahí te pudras».

A veces, pensó Valentín, creemos que podemos cambiar por nosotros mismos, pero son los otros los que nos acaban cambiando. Vio el paquete de tabaco con la inscripción: «Fumar mata». Se puso en la boca el primer pitillo de la nueva época y pensó: «Pues venga, Valentín. Ya solo nos queda morir». Pero al mechero le habían cortado el gas.

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