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Una sociedad en crisis

Japón: volver o 'morir'

Georgina Higueras

Pese a sus reveses políticos y económicos, Abe está convencido de que solo él puede levantar el país

Aupado en su rotundo triunfo en las elecciones del 2012, Shinzo Abe proclamó: «Japón ha vuelto». Con este lema, el líder del Partido Liberal Democrático (PLD) quiso dar por zanjada la crisis en la que se hundió el país al principio de la década de los 90, tras el estallido de la burbuja inmobiliaria y financiera. Sus palabras llegaron acompañadas de la puesta en marcha, con un coraje y una contundencia desconocidos entre los políticos nipones, de una agresiva reforma económica. Dos años después, sin embargo, Japón ha entrado en una nueva recesión. Pero Abe insiste en su estrategia de hacer volver a Japón, aunque muera en el intento. En su huida hacia delante, ha convocado elecciones anticipadas y ha pedido el voto para profundizar en la reforma.

En el 2006, Abe hizo historia al convertirse, a sus 52 años, en el primer ministro más joven desde la segunda guerra mundial. La conservadora sociedad japonesa, hastiada de la crisis, creyó que sería su salvador y le dio un respaldo del 60%. Once meses más tarde dimitió acosado por sus errores, los escándalos de varios ministros y la sonora derrota de su partido en las elecciones a la mitad del Senado. Ahora ha vuelto a estrellarse, de nuevo, contra la incapacidad para formar un buen equipo -dos ministras dimitieron en octubre semanas después de ser nombradas- y con la derrota en Okinawa de su candidato a gobernador. Pero esta vez no se doblega porque está convencido de que solo él puede levantar el país.

Su táctica, bautizada popularmente como abenomics, se basa en tres pilares: política monetaria expansiva contra la deflación; gasto público para estimular el crecimiento y reformas estructurales para mejorar la producción. Muchos expertos consideran que si Tokio hubiese adoptado estas medidas a finales de la década de los 90, hoy tendría una economía saneada; el PIB, que en el 2013 fue igual al de 1991, habría crecido casi un 50% y la deuda no habría alcanzado el récord actual del 240% del PIB.

Abe no solamente busca el renacer económico de Japón -lo que incluye la impopular reapertura de algunos de los reactores nucleares clausurados tras la catástrofe de Fukushima y la no menos impolítica reforma laboral--, sino también el cierre del trágico capítulo de la segunda guerra mundial. Para ello quiere cambiar la Constitución pacifista impuesta por los ocupantes estadounidenses en 1947, reconvirtiendo las llamadas Fuerzas de Autodefensa en un ejército regular, como el de cualquier otro país, con capacidad para combatir fuera de sus fronteras junto a sus aliados. Esta es la apuesta más arriesgada de Abe. Por una parte, deberá convencer a un gran número de ciudadanos temerosos de que el cambio pueda arrastrarles a alguno de los desastrosos conflictos en los que se ve envuelto Estados Unidos. Por otra, tendrá que persuadir a China y las dos Coreas, los vecinos que más sufrieron el militarismo japonés, de que la medida no esconde ninguna voluntad agresiva. El primer guiño en ese empeño lo hizo durante la pasada cumbre de la APEC (Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico) celebrada en Pekín, al reconocer, como le exigía Xi Jinping, que existe una disputa por las islas Diaoyu (en chino)/Senkaku (en japonés), que administra Tokio y reclama Pekín.

En su primer Gobierno, Abe se abstuvo -al menos en público, en contra de lo que había hecho su predecesor Junichiro Koizumi- de visitar el santuario de Yasukuni, que guarda las almas de los 2,5 millones de militares japoneses caídos en distintos conflictos bélicos desde 1868, incluidos los 14 condenados a muerte por crímenes de guerra, tras la rendición imperial en 1945. Esto calmó las deterioradas relaciones con China y Corea. Abe viajó a Pekín y, seis meses después, recibió a su homólogo Wen Jiabao, con quien firmó una declaración conjunta en la que se comprometían a hacer del mar del Este de China «un mar de paz, cooperación y amistad» y a «desarrollar de forma conjunta» la riqueza de sus aguas.

Si ambos países cumplen el compromiso y Abe durante la campaña devuelve, sin recurrir al nacionalismo, la ilusión a los japoneses para superar una crisis que se ha convertido en existencial, podrá repetir con más sentido que antes que «Japón ha vuelto».

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