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El radar

Una enfermedad llamada machismo

Inma Santos

La sociedad, pese a los avances en la igualdad, sigue tratando a la mujer como inferior

Semana agitada esta que hoy acaba. Si el martes Artur Mas presentaba su hoja de ruta, al día siguiente la trama Gürtel se llevaba finalmente por delante a Ana Mato, la ministra de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad -precisamente-. Pero más allá de la escena política, a muchos lectores no les ha pasado inadvertida una fecha: el 25 de noviembre. «Hoy se conmemora el Día Internacional contra la Violencia de Género, contra el maltrato y la vejación a los que son sometidas muchas mujeres por el simple hecho de serlo», recordaba en una carta publicada ese día Carmen Gracia (Socióloga. 44 años. Rubí).

Ese era solo el principio de la afilada crítica de Carmen a una realidad que se traduce en cifras. En lo que va de año, 52 mujeres han sido asesinadas en España por los hombres que se suponía que las querían, entre tantísimas otras que han sufrido malos tratos y vejaciones. Y si alguien pensaba que el mal tendería a erradicarse con las nuevas generaciones, malas noticias: según el último balance anual del observatorio del Consejo General del Poder Judicial, el número de menores enjuiciados por violencia machista en el 2013 aumentó el 4,8% respecto del año anterior. «Una sociedad que permite el maltrato sistemático de las mujeres, que cuestiona a las víctimas y aduce excusas para justificar a los agresores es una sociedad profundamente enferma, enferma de machismo», recordaba indignada Carmen.

Y no le falta razón. Esa repetida materialización de la macabra frase la maté porque era mía es la última consecuencia de un machismo que está presente a diario en pequeños gestos y actos. Recuerden si no el vídeo de aquella chica que el pasado octubre grabó con cámara oculta su caminata de 10 horas por la Gran Manzana. ¿Resultado? Más de 100 piropos, sin contar chiflidos y miradas. ¿Diagnóstico? Acoso callejero. «Hemos llegado a aceptar estos piropos, asumirlos así, sin más, a callar. ¿Por qué a callar? Porque si se nos ocurre replicar quizá podríamos salir perjudicadas… más aún», concluía Marta Gatell (Estudiante. 17 años. Barcelona).

Y es que esos piropos aparentemente inocentes son un síntoma de que se sigue tratando a las mujeres como un objeto susceptible de ser poseído e incluso de ser utilizado como le plazca a su dueño. La sociedad, pese a los avances -que los hay- en igualdad, sigue tratando de manera más o menos consciente a la mujer como inferior. Algo que puede llevarla incluso a perder su propia identidad. No solo a las mujeres anónimas que tras casarse acaban convertidas en señoras de, sino que incluso Tania Sánchez, diputada de IU y aspirante a presidir la Comunidad de Madrid, era esta semana para TVE simplemente «compañera sentimental de Pablo Iglesias».

Y encima hay que aguantar formas pretendidamente sutiles de ese machismo que tratan de darle la vuelta a la tortilla. «Coquetear a veces puede generar violencia», soltaba esta semana la policía húngara en un vídeo destinado a evitar violaciones de jóvenes. A protegerlas, vamos. «No solo es el machismo y la sexualización de la mujer lo que me escandaliza, sino el hecho de responsabilizar al colectivo femenino de las agresiones que pueda sufrir y la victimización del agresor», protestaba Dàlia Canals (Estudiante. 20 años. El Torn). Ya está bien de justificar abusos con un es que ella me provocó. Un gesto, una palabra, un vestido corto no pueden ser nunca una invitación con barra libre a la vejación o la violación. ¿Por qué lo que en un hombre es un comportamiento normal provoca si lo hace una mujer?

Todo esto no se va a resolver en dos días. Y la clave va a estar en educar en la igualdad y el respeto al semejante, sin importar su sexo.

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