Artur Mas propone un 'putsch'

El presidente de la Generalitat está escribiendo una nueva técnica de golpe de Estado en democracias parlamentarias

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Los catalanes no se merecen otra legislatura como esta elevada a su enésima potencia. Porque eso fue lo que propuso Artur Mas en su esperada conferencia, pronunciada en el segundo aniversario de las fallidas elecciones anticipadas del 2012. Si entonces camufló su fracaso con una huida hacia delante, ahora propone un alucinante salto mortal que en 18 meses nos sitúe en el umbral la independencia. Todo esto violentando la legalidad, quebrando el principio democrático y fracturando la sociedad catalana en dos mitades. Mas está escribiendo una nueva técnica del golpe de Estado en democracias parlamentarias que llenaría de curiosidad a Curzio Malaparte, complejo personaje que fue fascista y luego comunista. «La locura individual es cosa rara, pero en grupos, partidos, naciones y épocas, es la norma», escribió ya el filósofo Nietzsche. Vivimos un momento de fuerte eclosión populista en toda Europa, que favorece situaciones de hipnosis colectiva. El populismo descansa siempre sobre la doble premisa de que, como peor que ahora ya no podemos estar, es preferible despreciar los riesgos y las incertidumbres, y que tampoco importa someter los medios a los fines.

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Mas quiere dar un nuevo empujón desde las instituciones autonómicas a la revolución nacionalista llamada procés, a pesar de que no cuenta con una mayoría social suficiente, como él mismo ha reconocido tras el 9-N. Los resultados de ese día hay que tomarlos con precaución, pues hay pruebas de que hubo laxitud y descontrol, pero reflejan una Catalunya rota en términos identitarios y sociales. Los catalanohablantes fueron mayoritariamente a votar. Los castellanohablantes, que son más del 50% de la población, acudieron de forma minoritaria. La Catalunya interior se movilizó como en las elecciones municipales, y su apoyo a la secesión es abrumador, mientras en el litoral no sobrepasó el tercio del electorado y en el área metropolitana no alcanzó el 20%. La fractura es territorial e identitaria, pero también social. Las clases medias y altas son mucho más independentistas que las populares y mediobajas. Los trabajadores castellanohablantes del cinturón son refractarios al secesionismo, pero están desmovilizados. El conflicto de clases no está ausente en el debate.

El golpe de Mas es un putsch (en alemán, un empujón) bajo apariencia democrática. Pretende sustituir un referéndum legal y acordado, que el nacionalismo solo ha pedido con la boca pequeña, por unas plebiscitarias. Y solo obteniendo la mayoría absoluta, sin alcanzar los 2/3 del Parlament, refrendar el paso hacia la independencia. La falta de legitimidad se supliría como ahora, en base a mucha agitación y propaganda, sometiéndonos a otro proceso participativo para elaborar la Constitución de la nueva república, que solo haría falta aclamar en un plebiscito final.