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ANÁLISIS

No es la paz, pero sí una tregua

Georgina Higueras

La tormenta que arreciaba sobre el mar del Este de China ha dejado paso a una cierta calma que Pekín y Tokio quieren utilizar para construir una estructura de seguridad que impida que un tsunami barra sus frágiles relaciones. El pasado mes de junio eran tantas las amenazas que se cernían sobre el noreste de Asia que el ministro de Exteriores surcoreano, Yun Byung-se, declaró que se había abierto la caja de Pandora. Tras dos años de mínima o nula comunicación entre los Gobiernos de China y Japón, Xi Jinping y Shinzo Abe la han cerrado ahora con una reunión que, por lo pronto, es un éxito diplomático.

Los dos dirigentes, con una fuerte personalidad, se encuentran empeñados en el renacimiento de su propio país. Xi, para consolidar a China como potencia cuya población acceda a un nivel de vida similar al de los países avanzados, y Abe, para dejar atrás definitivamente la crisis económica y social que sacude Japón desde hace dos décadas. Ambos tienen mucho que ganar si mejoran las relaciones bilaterales, que se encuentran «en su nivel más bajo», según el exprimer ministro japonés Junichiro Koizumi, desde que se establecieron.

Se necesitará una gran habilidad diplomática para fortalecer la confianza mutua mientras se templan los nacionalismos internos -exacerbados por la disputa sobre los islotes deshabitados Diaoyu (en chino) y Senkaku (en japonés)-, la memoria histórica y el incremento del poder militar. China gastará este año 131.000 millones de dólares en la modernización de su Ejército, un 12,2% más que en el 2013, frente a los 46.000 millones de dólares, un 2,8% más que el año pasado, presupuestados por Japón, cuyas fuerzas de autodefensa están dotadas del armamento más avanzado y se convertirán en un ejército, si prosperan los intentos de Abe de modificar la Constitución pacifista.

El papel de Estados Unidos en Asia también enfrenta a los vecinos: China piensa que EEUU utiliza a Japón para cercarla y frenar su avance. Barack Obama declaró en abril, durante su visita oficial a Tokio, que las Diaoyu/Senkaku están cubiertas por el tratado que compromete a Washington a defender Japón en caso de ataque.

Pragmatismo

En el pasado, Pekín y Tokio recurrieron al pragmatismo para normalizar relaciones. En 1972, los entonces primeros ministros Zhou Enlai y Kakuei Tanaka acordaron dejar de lado la cuestión de la soberanía de las islas de la discordia para firmar el comunicado conjunto que dio luz verde al establecimiento de relaciones diplomáticas y, seis años más tarde, al tratado de paz bilateral. Ahora, Xi y Abe han reconocido que existe una disputa territorial, pero se han 'olvidado' de la soberanía en aras de poner fin a una guerra fría que amenaza no solo la estabilidad en el Pacífico sino en todo el mundo.

Los más optimistas opinan que si prospera la distensión Tokio-Pekín, Xi utilizará este mismo modelo para las disputas que mantiene con cuatro países por otros puñados de islotes en el mar del Sur de China: Vietnam, Filipinas, Malasia y Brunei. Taiwán, considerada por la Constitución china como «parte inalienable» del territorio nacional, reclama también los mismos archipiélagos y sus aguas, que parecen ricas en gas y petróleo.

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