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Los SÁBADOS, CIENCIA

Mis cinco moléculas favoritas

Manel Esteller

El ácido acetilsalicílico, la aspirina, es seguramente el medicamento más exitoso de la historia

Recuerdo los sábados por la mañana en los que mis compañeros de clase seguían el hit-parade de las canciones más populares (Los 40 Principales), en el que podías encontrar desde la Dolce Vita de Ryan Paris Enola Gay de la OMD. De igual manera, quiero hacer ahora un homenaje a las cinco moléculas que más me gustan, sea por su interés general o por razones más personales. ¡Disfruten de la lista!

1. Ácido desoxirribonucleico (ADN). La molécula de la vida. No la de todos los seres vivos, pero sí la nuestra. Seis mil millones de piezas lo componen y mide un metro en cada célula. Estos ladrillos se llaman nucleótidos y están formados por un azúcar (desoxirribosa), un grupo fosfato y una base nitrogenada: A, C, G o T (adenina, citosina, guanina o timina). El primer ácido nucleico fue identificado por el bioquímico suizo Miescher en 1896, y Avery-MacLeod y McCarty en 1944 demostraron que era donde estaban los genes. Luego las estructuras obtenidas por Wilkins y Franklin e interpretadas por Watson y Crick en 1953 le dieron la forma de doble cadena que conocemos todos. Y después vinieron Venter, Collins y Clinton haciéndose la foto con el genoma, pero esa ya es otra historia.

2. Ácido ribonucleico (ARN). Durante muchos años fue el pariente pobre del ADN, pero es de rabiosa actualidad porque es el material genético de virus como el sida o el ébola. Formado también por nucleótidos, en comparación con el ADN usa un azúcar diferente (ribosa) y en vez del ladrillo T tiene la pesa U (uracilo). Se origina a partir del ADN y hay cientos de miles de moléculas por célula, algunas pequeñísimas de 21 piezas como los microARNs y otras larguísimas (de muchos kilo bases). Muchas de ellas son moléculas intermediarias (no confundir con los conseguidores políticos) para acabar originando las proteínas, pero otras tienen funciones de gendarmes celulares.

3. Glucosa. Es un tipo de azúcar muy sencillo, pequeño y lindo. Sirve para generar energía de forma rápida en las células. En nuestro hígado tenemos reservas de glucosa para 15 minutos de ejercicio intenso, y más allá de ese tiempo tenemos que espabilarnos para obtener energía. Las neuronas tienen una dependencia particular para la glucosa y ciertos tumores se vuelven adictos a ella, debilidad que se intenta explotar en forma de nuevos tratamientos contra el cáncer. Se le llama glucosa a partir de la palabra griega glycos, que significa dulce, y el primero que la sintetizó fue el químico alemán Emil Fischer, premio Nobel en 1902. Este científico iba descontrolado y también sintetizó después la cafeína y la teobromina, los excitantes del café y del chocolate, respectivamente.

4. Ácido acetilsalicílico. Más conocido por su nombre registrado, aspirina. Muchas veces me he preguntado si ese fue el regalo de una civilización más avanzada que un día aterrizó en nuestro planeta y dio un recipiente a un pastor con estas palabras: «He aquí la respuesta a sus males». Es seguramente el medicamento más exitoso de la historia, y su periplo comienza cuando unos médicos egipcios hace 3.500 años empezaron a dar extracto de corteza de sauce para tratar el reumatismo y el dolor de espalda: a aquellas hierbas las llamaban salicina. Y es a partir de la salicina que se obtiene el ácido salicílico, predecesor de la actual aspirina. En 1763 el cura inglés Edward Stone hizo el primer ensayo clínico serio de la salicina para tratar la fiebre. Y más de cien años más tarde, en 1897, Felix Hoffman sintetizó el ácido acetilsalicílico, que es el compuesto verdaderamente más activo. Una de las personas que primero se beneficiaron fue su padre, que padecía reumatismo crónico. En 1899 el nombre aspirina fue registrado, y a partir de ahí, ¡a hacer caja y aliviar los males del mundo!

5. Penicilina. Quizá el fármaco que ha salvado más vidas, sin contar las vacunas. En plena dictadura en nuestro país, solo las familias pudientes tenían acceso a ella y debía comprarse de estraperlo. Muchos de ustedes estarían muertos de una simple infección dentaria si no existiera esta medicina. Su historia ha sido muy contada, y la figura del doctor Alexander Fleming ha adquirido formas hagiográficas. Cuando visitó Barcelona, había más gente en la calle que cuando ganamos la Recopa de Basilea. Fleming era un escocés que primero identificó la lisozima, el primer antibiótico aislado a partir de las lágrimas. Pero no era suficientemente potente. En cambio, la penicilina, obtenida inicialmente a partir de la levadura Penicillium notatum, era un gran bactericida. Después llegaría la producción generalizada, donde fueron decisivos Florey, Chain, Sanders y Abraham. No habrán oído hablar de él, pero el Proyecto Penicilina, estimulado por Eisenhower, fue quizá más importante que el Proyecto Manhattan para ganar la segunda guerra mundial. Y así hasta ahora, jugando al perro y el gato entre los antibióticos y las bacterias: yo te mato a ti, pues ahora yo me vuelvo resistente... Y la rueda gira.

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