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El radar

Catalanes, españoles y la lógica de conflicto

Josep Saurí

La visión del otro como una masa uniforme y manipulada toma el puente aéreo

De todo, como en botica, ha habido en Catalunya desde la barrera, serie de reportajes de EL PERIÓDICO con voluntad de conocer miradas de ciudadanos de distintos puntos de España hacia Catalunya y el proceso soberanista. Con la prevención que requiere haber huido de pretensiones demoscópicas en busca de visiones y argumentos diversos, puede extraerse alguna lectura. Con más o menos comprensión, más o menos resquemores, a menudo con sentimientos profundos y encontrados, los ciudadanos nos contaron que son muy conscientes de la gravedad del problema y la urgencia de afrontarlo, y que si es por ellos el diálogo ha de ser posible (lo que no presupone que dé fruto). Y señalaron a los dirigentes políticos de uno y otro lado como grandes responsables de la degradación de la relación y la voladura de puentes. Aunque, sin que Mas saliera bien librado, quizá fuera Rajoy quien con su inmovilismo se alzara como dinamitero mayor.

Una vez recogidas estas percepciones de Catalunya desde España, quisimos pulsar qué les parecían a los catalanes, cómo vemos cómo nos ven. Y hay argumentos que toman el puente aéreo. Si allí a menudo se sostiene que los políticos nacionalistas nos engañan y nos adoctrinan a través de la educación y los medios, aquí Joan Colldeforns (Mataró) escribe: «El discurso del PP ha calado y cada día vemos muestras de odio, seguramente por ignorancia».

También para Pedro Rubio (Sabadell) «hay un desconocimiento muy grande. La gente es extraordinaria y solidaria, pero políticos y allegados enturbian la relación». Pere Bosch (Granollers) lo achaca a «la fuerte manipulación a través de la monoversión y la falta de pluralidad de las noticias».

El de Ricard Villar (Barcelona) es un relato de incomprensión: «Viví 18 años fuera y leía en los periódicos que en Catalunya está prohibido el castellano, que les robamos, que solo sabemos llorar, que somos nazis, terroristas. Vi a la policía pegar e insultar por llevar una bandera del Barça o de Catalunya. No nos quieren, y eso ha hecho que nosotros tampoco». Carlos Ollé (Sant Cugat) se remite al «rédito electoral del anticatalanismo». «Nos ven como bichos raros», dice Rosa Gutiérrez (L'Hospitalet).

También hay quien lo cuenta al revés, claro: «Con la cantinela agobiante del España nos roba orquestada por los partidos nacionalistas para exacerbar el sentimiento de pertenencia del modo más ruin, fomentando el rechazo al otro aduciendo que somos mejores y que el otro encima nos maltrata, la famosa desafección se produce en sentido inverso al que anunciaba Montilla: del resto de España hacia Catalunya», escribe Juan Cañestro (Esplugues).

La visión del adversario como una masa uniforme y manipulada es propia de la lógica de conflicto. ¿No hay grises? Sí, los hay. «Pensar que los buenos (o los malos) están solo en un lado es una de las mentiras que más fácilmente calan. Pero es eso: mentira», aporta desde Madrid Juan Sánchez. «La ciudadanía se comporta a una altura a la que no están sus políticos y, generalmente, se puede dialogar. Son los políticos los que polarizan y crispan, cuando les debería ocupar justo lo contrario», afirma Indalecio González (Mataró).

No son días estos, obviamente, para andar tratando de restar responsabilidad a los políticos, pero la duda es si hoy por hoy todavía son tan poderosos. Si mantienen la capacidad de influencia que tenían y que aún se les atribuye, o si lo que está pasando ya es otra cosa. «Es la gente, indignada con los políticos de casa y de fuera, la que ha salido a la calle. No seguimos las consignas de nadie y menos de los políticos de turno. Son ellos los que se han subido al carro de la independencia», concluye José Miguel Rodrigo (Barcelona).

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