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ANÁLISIS

Más gas y menos guerra

Georgina Higueras

El conflicto energético es una manifestación más del conflicto existencial entre vecinos

El gas ruso que hasta ahora se ha empeñado en calentar los ánimos de Ucrania, y por ende de la Unión Europea (UE), tiene la oportunidad de convertirse en el hilo conductor de unas relaciones entre vecinos que deben rediseñarse para acoplarse a la realidad geopolítica de los tiempos que corren. Ahora los nuevos gobernantes de Ucrania y la UE cuentan para negociar con el Kremlin con mayor legitimidad y fuerza, lo que debería de traducirse en una mayor flexibilidad y entendimiento de las inseguridades rusas.

La guerra del gas sería una catástrofe tanto para Bruselas y Kiev, cuyas opiniones públicas no aceptarían excusas frente a una ola de frío polar sin calefacción que sembraría el caos en numerosas ciudades, como para Moscú, cuya economía no puede permitirse el lujo de prescindir del mercado europeo en un momento en que la competencia del gas de esquisto estadounidense amenaza los cimientos de la economía rusa.

La votación masiva de los ucranianos el pasado domingo por partidos favorables a Europa exige a Bruselas mucha más responsabilidad hacia ese país que la mostrada hasta ahora. Las veleidades europeas para atraerse a Ucrania se encuentran entren los detonantes de la crisis que azota el país desde hace casi un año y que ha costado la vida a cerca de 4.000 personas.

Europa no puede volver a ser el escenario de una nueva guerra fría y un fracaso en las negociaciones sobre el gas solo serviría para ponernos en un camino que ya anduvimos y no queremos volver a repetir. A su vez, Putin sabe, y debería de actuar en consecuencia, que la popularidad que ha obtenido al anexionarse Crimea se volatizaría si hunde el país en una crisis económica como la que acabó con la Unión Soviética.

Rusia quiere garantías de pago del suministro de gas que envía a un Gobierno que no puede considerar amigo. Kíev, que mantiene una deuda con Moscú por impago del gas de unos 3.500 millones de euros, confía en un crédito puente de 2.000 millones de euros de Bruselas para poder alcanzar un acuerdo y reanudar el suministro, que le fue cortado en junio pasado. Estos meses ha podido bandearlos con el gas que ha importado de la UE, pero en invierno es la misma Europa la que tirita sin el gas ruso, que supone más de un tercio de su consumo. Resuelto el problema entre Rusia y Ucrania, los gasoductos que atraviesan ese país para abastecer la UE no volverían a enfrentarse a los cortes impuestos por Moscú en 2006 y 2009 en protesta por el gas que Kíev sacaba ilegalmente de estos.

El conflicto energético no es sino una manifestación más del conflicto existencial entre los vecinos. Se nos vende un relato en que Ucrania se presenta como una víctima indefensa cuyas ansias de democracia son aplastadas por una Rusia en manos de un zar prepotente y agresor. Esa simplificación de tintes estadounidenses es en buena medida responsable del actual callejón sin salida. La solución debería estar en el punto de confluencia entre el inalienable derecho de los ucranianos a decidir su destino y el reconocimiento de lo que este país-frontera supone para una Rusia que rastrea en esa tierra sus propios orígenes como nación.

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