Los SÁBADOS, CIENCIA

El CSIC celebra los 75 años

Quizá sería mejor buscar un modelo nuevo antes que reflotar una institución con problemas tan graves

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El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) celebra este mes el 75 aniversario de su fundación. Se han hecho series de conferencias, un sello de Correos y otros actos, pero no ha sido un cumpleaños celebrado con mucho alarde. Puede que las finanzas no estén para festividades o que no sea el momento de rememorar lo que pasaba en noviembre de 1939.

Noviembre de 1939 es un momento muy inicial del régimen franquista, y puede sorprender que, a pocos meses de terminada la guerra y apenas comenzada la guerra mundial, alguien se ocupara de la ciencia. Es posible que hubiera que hacer algo con la obra de la que había sido la Junta de Ampliación de Estudios, que desde su fundación en 1907 había tenido una gran actividad y había creado una red de institutos y la famosa Residencia de Estudiantes de Madrid.

Es posible que hubiera una motivación ideológica, como explica su ley fundacional, en la que se proclama que el objetivo del CSIC era «restaurar la clásica y cristiana unidad de las ciencias destruida en el siglo XVIII». Esta motivación viene testimoniada quizá por el nombramiento de José M. Albareda, prominente miembro del Opus Dei, como primer secretario general y que marcó la vida del CSIC hasta su muerte en 1966.

Desde ese momento ha pasado mucho tiempo. Muchas cosas han cambiado y otras se mantienen; por ejemplo, el escudo del CSIC en forma de granado, en el que las ramas representan las del saber que salen de un tronco central que sería la teología. El CSIC fue cambiando y, como en tantas otras facetas de la vida en España, se mantenían restos de las ideas fundacionales junto a equipos de científicos que trataban de llevar a cabo una investigación que se pareciera a la que se hacía en todo el mundo. Durante muchos años la poca ciencia que se hacía en España tenía necesidad de los recursos que prácticamente solo proporcionaba el CSIC. Pero el CSIC perdió su función de planificación y financiación de la investigación y poco a poco las universidades se fueron despertando.

Actualmente el CSIC está implantado por toda España, aunque Madrid concentra en algunas áreas más de la mitad de sus efectivos y ha ido ampliando las temáticas de estudio. Las estadísticas oficiales nos hablan de 15.000 personas trabajando, de las que 3.000 son investigadores de plantilla. También dicen que representan el 6% de los investigadores de España y que producen el 20% de las publicaciones. No hay duda de que en sus institutos hay algunos de los mejores grupos de investigación de España. Pero los desequilibrios que tiene la institución se han puesto de manifiesto de forma más cruda con los ajustes presupuestarios, que han sido especialmente duros en el gasto de investigación.

En 1977 ya se elaboró un nuevo reglamento que respondía a las necesidades de democracia de la época. La ley de la ciencia de 1985 proporcionó un nuevo marco, que, entre otras cosas, trataba de blindar a la institución de la posibilidad de que fuera transferida a las comunidades autónomas como había pasado con el INIA, el organismo de investigación agrícola. Pero la rigidez de su funcionamiento llevó a que se aprobara su actual estatuto de agencia estatal en el 2007. Desde entonces no ha sido aprobado el contrato de gestión previsto en la ley, y que permitiría definir una estrategia científica y económica. El CSIC vive año tras año siguiendo los presupuestos del ministerio de turno, y a todos los niveles la burocracia se ha convertido en asfixiante. Por otra parte, su personal ha mantenido la dualidad de funcionarios vitalicios y contratados precarios. El hecho es que no hay sistemas de evaluación de la actividad ni de los centros, ni del personal, ni evidentemente de la propia institución.

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La crisis ha acabado de poner de manifiesto las debilidades del CSIC. Decía su anterior presidente que había que cerrar el 30% de sus institutos, aunque no desvelaba con qué criterio. Con la congelación de las plantillas y la disminución de proyectos, el número de contratados ha disminuido en algunos casos más del 50% y la edad media de los investigadores es ahora de 55 años. No creo que nadie sepa la cifra exacta, pero se habla de que el 30% de los investigadores no tienen medios para hacer su trabajo y por tanto vegetan en sus centros.

La necesidad de una profunda reforma del CSIC ha sido propuesta desde diferentes foros, pero cualquier iniciativa parece paralizada con argumentos burocráticos, y los pocos ejemplos de nuevas maneras de funcionar han sido conseguidos después de esfuerzos titánicos. En el momento actual de fuerte tormenta habría que pensar a fondo si es necesario reflotar una institución con problemas tan graves o buscar algún modelo radicalmente diferente. Hay otros ejemplos en Catalunya, el País Vasco e incluso Madrid de que otra manera de hacer investigación es posible. Después de 75 años ya sería hora.