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El segundo sexo

A la salud de los físicos cuánticos

Care Santos

Odio la política y a los políticos, no quiero la independencia ni la unión y abrazo el 'respetolicismo'

Hace un momento estaba terminando de escribir para esta misma sección un artículo sobre Bill Gates y los mosquitos cuando de pronto me he dicho: ¿a quién quiero engañar? Como esas parejas que se hacen añicos mientras hablan cordialmente del tiempo. ¿Cómo puedo seguir fingiendo que es posible no hablar de ello, de lo de siempre? ¿Fingir que no estoy decepcionada, avergonzada, profundamente cabreada? Ya saben lo que dicen los físicos cuánticos: si quieres que te pasen cosas diferentes haz algo diferente. Así que hoy no hablaré del tiempo, sino del 9-N.

Un par de advertencias antes de proseguir. En lo tocante a la política soy una flácida. Detesto que mis conversaciones, mis novelas, mis ideas, se contaminen de algo que me parece sucio y sin interés. No creo en políticos de ningún signo, el poder me parece corrupto por naturaleza, opino que la verdad raramente llega a la opinión pública, lo cual me predispone a considerar las mentiras de los líderes como algo normal, y, por último, tengo muy asumido que para ellos, los que mandan, soy solo parte de una masa manipulable que sirve en la medida en que aporta votos, es decir, poder, es decir, nada interesante (para mí). Detesto todo lo que acabo de enumerar. No creo en políticos ni en dioses de ninguna clase. Las ideas me parecen buenas en general, pero irrealizables, y esto es aplicable a la política y también a la religión. En consecuencia, defiendo con uñas y dientes mi derecho a no opinar, a no significarme. Es una opción tan válida como cualquier otra. Considero que no es mi papel tomar partido sino más bien mostrar, relativizar, dudar. La duda debería ser una disciplina académica. La política mancha todo cuanto amo, comenzando por la literatura y la lengua. Durante años he estado convencida de ello y he obrado en consecuencia. Pienso seguir haciéndolo, no teman. Sé muy bien que lo mejor que puedo hacer es callarme. Esto de hoy es un desvarío. Lo siento mucho, no volverá a ocurrir, etcétera.

Por todo lo dicho, hace un tiempo decidí no votar nunca más. Nunca más. Con una sola excepción, que es la que motiva estas líneas: el próximo 9 de noviembre.

No soy independentista. No lo he sido nunca ni formo parte de esa mayoría escandalosa que lo es ahora, de repente. No lo soy a pesar de que escucho con atención cuanto Rajoy tiene que decir y que cuanto más oigo más cerca me siento de Oriol Junqueras. Soy de las que necesitan más explicaciones en esto del independentismo, de las que no acaban de verlo claro, de las que sienten pereza y tristeza y rabia solo de imaginar una Catalunya escindida de España. Creo que en las crisis de pareja reconstruir es mucho más difícil que mandarlo todo a la mierda. Yo me inclino por el lado de la dificultad. Y como soy -me temo- una idealista, sigo pensando que algún día llegará a la Moncloa un ser ilustrado y valiente que sepa arreglar las cosas. Aunque me hago mayor y cada vez me cuesta más creer en utopías. Ya solo creo en Shakespeare y en mí misma, con perdón.

Tampoco soy unionista. No, desde luego, del modo en que Rajoy y sus muchachos pretenden. Creo que Catalunya necesita algo diferente, algo mejor, algo más. Creo que alguien debería explicarlo. Creo que alguien debería valorarnos un poco, hacer que nos sintamos queridos. Uno de los activadores del amor es la admiración mutua. Pero la admiración hay que ganársela.

Abrazo con fervor el respetolicismoComprendo a los unionistas aunque no comulgue con ellos ni con sus métodos. Prefiero a los independentistas, entre otras cosas porque compartimos cierto sentido de lo sagrado. Por ejemplo, el catalán. Sería estupendo que el catalán, mi lengua, una de mis dos, tuviera un Estado que velara por ella. Preferiría que fuera el Estado español -ese de mis utopías, recuerden, con un ilustrado al frente- pero le vería muchas ventajas a tener un Estado propio que se ocupara de ello. Si algún referéndum me demostrara que la mayoría de mi gente, de la gente del lugar donde nací y al cual pertenezco en presente y en futuro, quiere el independentismo, me pondré a su servicio de inmediato. Algo podremos hacer juntos. En resumen: soy una flácida, odio la política y a los políticos, no quiero la independencia ni la unión, no pienso votar nunca más. Algunos de ustedes (con toda razón) estarán pensando: ¿y por qué no escribes sobre los mosquitos y Bill Gates, reina?

Por una sola razón: deseo con todas mis fuerzas votar el 9-N. Debo hacerlo, debemos. Es nuestra voluntad. La voluntad de muchos. Queremos votar a la vista del mundo y en paz. Tenemos todo el derecho. No nos tragamos las argumentaciones baratas. Si las leyes no pudieran cambiarse nos regiría el código de Hammurabi. Ellos ganan, pero no tanto.

Somos un pueblo testarudo, los catalanes. No se nos pasan las ganas de votar, aunque sea contra viento y marea y en un referéndum aguado. No nos entra en la cabeza no poder hacerlo.

La próxima vez escribiré sobre Bill Gates y los mosquitos, lo prometo.

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