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Al contrataque

Por obra y gracia de políticos y periodistas, Madrid es en Catalunya sinónimo del Mal, así, con mayúsculas

Acabábamos de ver el mismo espectáculo, titulado Desde Berlín. Unos éramos de Madrid, otros de Barcelona. Nos gustó tanto la función tributo a Lou Reed interpretada por Nathalie Poza y Pablo Derqui, que al salir del Teatre Romea nos fuimos a cenar juntos. Al final surgió el tema. Eso sí que lo han conseguido, que todos hablemos de ello. Desde luego, como campaña de márketing no tiene precio; no hay una cabeza en el territorio que no tenga posición al respecto. Hasta mi hija de 10 años soñó el otro día con el asunto. Vive en Madrid, pero visita a menudo Barcelona y su pequeño inconsciente se siente concernido.

Ya no era sobre la legalidad, la conveniencia o las razones de la consulta del 9-N sobre lo que debatíamos. Ni siquiera sobre la soberanía, o si la independencia es o no viable, deseable, razonable, justificable. A los postres, todos nos quejábamos. Los madrileños, del mal uso que se hace del término «Madrid» en este contexto. Por obra y gracia de políticos y periodistas, el nombre de nuestra ciudad es el del antagonista, sinónimo del Mal, así, con mayúsculas. Significa algo como conservadurismo, patriotismo, autoritarismo, desprecio de las ideas ajenas, atavismo, intolerancia, inmovilismo. A los madrileños progresistas, hijos de militantes contra la dictadura y nietos de republicanos, frecuentadores de Lavapiés, Moratalaz o Arganzuela, esto nos produce una tristeza grandísima. Nos saca de nuestras casillas que nos metan en el mismo saco que Rajoy y sus muchachos. Nos desespera que la derecha haya convertido nuestra ciudad en emblema de lo rancio. Pero también se quejaban los amigos catalanes. «Catalanes», otro saco. Una masa informe que designa a millones de personas, cada una con sus ideas, sus compromisos, sus circunstancias, sus matices. Una sociedad tan rica y variada no cabe en un solo apelativo. También se entristecían ellos.

En el teatro no hay confusión

Estábamos tan apenados al salir del restaurante en el Raval, que nos abrazamos, nos besamos y nos prometimos reunirnos al día siguiente en el lugar donde mejor se está: el teatro. Ahora mismo, el escenario es el único lugar donde no hay confusión posible entre lo verdadero y lo falso. Los roles están claros, sabemos quiénes son los actores y quiénes los personajes, que los textos que recitan suenan verosímiles pero ni son la verdad ni pretenden hacerse pasar por ella. En la política, en cambio, conceptos como relato y escenificación son tan comunes como el escepticismo que generan en los ciudadanos, sensibles a la trampa de muchas propuestas. El lunes en el Romea, amigos de Barcelona y de Madrid escuchamos a un mexicano, Juan Villoro, que nos hizo reír, pensar y sentir al grito de «no hay nada más extraño que la realidad». Ahí sí que nos gustó estar todos en el mismo saco.

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