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Los jueves, economía

Fallan las oportunidades

Antón Costas

El malestar emerge y el crecimiento también quedará afectado cuando no se ve la ocasión de mejorar

¿Puede una democracia convivir sin sobresaltos con niveles de desigualdad como los que estamos viendo en nuestras sociedades? ¿Cómo se ve afectado el crecimiento económico? Y, ¿por qué las democracias no consiguen frenar este espectacular crecimiento de la desigualdad?

Estas preguntas no responden a una mera curiosidad intelectual o académica. La preocupación por el aumento de la desigualdad y sus consecuencias sociales, económicas y políticas no es solo cosa de aquellas personas con especial sensibilidad por la igualdad. No deja de sorprender que organismos económicos internacionales generalmente tenidos por conservadores, como el FMI y la OCDE, dediquen esfuerzos crecientes a analizar estos efectos y estén alertando a los gobiernos y pidiéndoles que hagan algo para frenar la desigualdad.

Sería maravilloso disponer de indicadores automáticos que nos alertasen de cuándo la desigualdad ha alcanzado un punto a partir del cual comienza a ser peligrosa para la salud de la economía y la democracia. Los médicos saben que si la temperatura de una persona sube por encima de los 39 grados, o desciende por debajo de los 35, hay que actuar con rapidez porque la vida de esa persona está en peligro. Los economistas no tenemos indicadores de este tipo para la desigualdad. De hecho, lo intrigante es que no parece tener una relación directa y clara con el crecimiento económico y con el malestar social de las democracias.

El ascensor social

Así, podemos hallar países en los que en algunas etapas de su historia han existido elevados niveles de desigualdad y, sin embargo, el crecimiento y la paz social no se han visto perjudicados. Por el contrario, en otros momentos vemos cómo la desigualdad daña al crecimiento y provoca conflicto social. España es un buen ejemplo de lo que acabo de señalar. En los años 60 del siglo pasado la desigualdad era elevada. Sin embargo, esa fue una de las etapas históricas de mayor crecimiento de la economía española y de mayores oportunidades de mejora para gran parte la población. La mayoría de hijos vivieron mejor que sus padres. Funcionó el ascensor social.

¿Qué es lo que hace que en unas ocasiones veamos que en un determinado país existe una elevada tolerancia social a la desigualdad y en otras que esa tolerancia gira y afecta negativamente al crecimiento, la convivencia y la democracia? El factor que parece determinar el signo de estos efectos es la percepción social acerca de las oportunidades de mejora que existen en cada momento. En etapas en las que la desigualdad es elevada pero existen oportunidades, el crecimiento y la democracia no se ven afectados por la desigualdad. Por el contrario, cuando no existen oportunidades, la desigualdad hace que el malestar emerja y el crecimiento se vea afectado.

De nuevo, España es un buen campo de pruebas para probar esta hipótesis. En los finales de los años 50 y especialmente en los 60, en una España profundamente desigual, nuestros padres y abuelos se afanaron por trabajar de sol a sol con la esperanza de que su esfuerzo acabaría dando frutos, ya fuese en la mejora de su nivel de vida o en las oportunidades para sus hijos. Esa percepción de oportunidades de mejora impulsó el crecimiento. Mientras a principios de los 60 el problema era tener coche, a finales el problema era aparcarlo.

Jóvenes y gente de mediana edad

¿Cuál es el problema actual con la desigualdad? Que ahora coincide con una etapa en la que la percepción de oportunidades de mejora se ha volatilizado. En particular, para jóvenes y gente de mediana edad que ha perdido su empleo.

Un indicador extraordinariamente importante de esta pérdida de oportunidades es el bajísimo grado de emancipación de la juventud española. Casi un 65% de jóvenes entre 19 y 33 años vive con sus padres. No hay ningún otro país de nuestro entorno que presente esta anomalía social. Sin duda, tiene efectos perversos: sobre la fortaleza de la cultura moral de los jóvenes, sobre la calidad del crecimiento y sobre la democracia.

Pero llegado a este punto, surge una pregunta: ¿por qué la democracia no es capaz de poner límites, reducir la desigualdad y mejorar las oportunidades? En principio, la democracia es el sistema político con mayor capacidad para corregir estas carencias. Es el único en el que cada persona tiene un voto. Es decir, en el que existe igualdad política. Por lo tanto, aquellos que sufren la falta de oportunidades tienen en sus manos un poderoso instrumento para cambiar las cosas. ¿Por qué no lo aprovechan? Lo que es peor, ¿por qué votan a gobiernos que hacen políticas contrarias a sus intereses? La cuestión se las trae. Pero, si me lo permiten, de eso hablaremos otro día.

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