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La política exterior comunitaria

El síndrome Peter Pan europeo

Carlos Carnicero Urabayen

El nexo común del infantilismo estratégico ante el vecino ruso es la fragmentación del poder de la UE

La evasión de la realidad es un comportamiento típico en la infancia, donde no cuentan las consecuencias de las acciones que se toman. Conocer las derivadas de las decisiones es fundamental en las relaciones internacionales: si se elige un camino, hay que estar preparado para superar las dificultades. A pesar de sus más de 60 años de vida, la Unión Europea vive su infancia en la política exterior. Su desbordamiento ante los cabezazos que le está pegando su vecino ruso indica que o no midió bien las consecuencias de su estrategia hacia el Este o no se preparó para ellas. Veamos.

El vecino del Este plantea un dilema estratégico para la UE: la 'realpolitik', es decir una política exterior basada en la defensa de los intereses nacionales (por encima de los valores) aconsejaría condicionar su estrategia a tener buenas relaciones con Rusia. No en vano la exUnión Soviética, a pesar de su decadencia económica, sigue siendo un poder nuclear (junto a EEUU posee el 90% de las cabezas nucleares del planeta), es gigante (ocupa la octava parte de la superficie terrestre) y conserva un ego herido por el declive de lo que fue un imperio. Por el contrario, una política más idealista invitaría a la UE a continuar apoyando a nuestros (pequeños en comparación con Rusia) vecinos del Este en su camino hacia la libertad y una democracia consolidadas. En perspectiva, la decisión de firmar el acuerdo de asociación con Ucrania sin la aquiescencia rusa indica que Europa se aventuró por esta segunda opción. Pero sin llegar a meditar sus costes.

El primer zarpazo en Georgia

El oso ruso pegó un zarpazo en el verano del 2008 cuando invadió Georgia, ante la perspectiva de que esta exrepública soviética oficializara su candidatura para entrar en la OTAN. ¿No era previsible que diera otro zarpazo ahora con Ucrania? En lugar de estar preparados hemos perdido el tiempo, enfrascados en una crisis económica a la que nos hemos empeñado en dar respuesta con un prisma nacional y sin una visión estratégica para el conjunto de Europa.

La unión energética, un proyecto vital para dotarnos de más músculo al reducir nuestra dependencia energética (sobre todo rusa), fue aplazada a pesar de que ya en el 2009 Rusia cortó su suministró a Ucrania, en pleno invierno, dejando sin gas a varios países europeos. Ahora, con el invierno a la vuelta de la esquina, se preparan planes de emergencia ante la posibilidad de que Rusia vuelva a cerrar el grifo, pero los deberes no están hechos.

Lo mismo ha ocurrido con nuestras capacidades militares. El proyecto de la Europa de la defensa, lanzado por Francia y Reino Unido en 1998, ha ido perdiendo ambición. Si Estados Unidos puede elegir entre desplegar su ejército o recurrir a la OTAN, ¿por qué los europeos no disponemos también de esas opciones? La década del 2000 produjo el espejismo de que las amenazas provenían exclusivamente de zonas remotas (Afganistán, Irak) en las que EEUU estaría dispuesto a patrullar por nuestra seguridad colectiva. El gasto de defensa de los países europeos lleva años en caída libre (del 2006 al 2011, un 10%). Ante el imperativo de restringirlo por la crisis se podría haber impulsado la política de defensa europea, ahorrando costes pero aumentando nuestras capacidades. Nada de eso ha ocurrido.

El derribo del avión de Malaysia Airlines en el este de Ucrania se podría haber evitado si se hubiera hecho un análisis serio de los riesgos y los estados de la UE hubieran compartido suficiente información. ¿No era acaso evidente el peligro de volar sobre una zona en la que habían derribado varios aviones y helicópteros militares en las semanas previas?

La incongruencia de Francia

Pero el colmo de la incongruencia estratégica europea tiene sello francés. En enero del 2011 -como si el verano de la guerra de Georgia en el 2008 no hubiera dejado claras las intenciones rusas- París firmó la venta de varios barcos de guerra a Moscú, el primero de los cuales iba a ser entregado ahora en este octubre. El surrealismo de armar a un vecino al que impones sanciones y con quien mantienes una escalada de tensión ha concluido, finalmente, tras mucha presión y bochorno francés.

El nexo común de este infantilismo estratégico es la fragmentación del poder europeo. Si cada país pretende seguir ejerciendo la acción exterior por su cuenta el resultado es desastroso para el interés del conjunto de los europeos. Este es el reto - nada nuevo, pero más urgente que nunca- al que se enfrenta la nueva Alta Representante para la Política Exterior, la italiana Federica Mogherini. ¿Va a lograr domar a los 28 ministros de Exteriores de los estados de la UE para tejer juntos una estrategia que traiga de una vez por todas la madurez a la política exterior?

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