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El segundo sexo

La mejor vacuna contra el ébola

Ángeles González-Sinde

Combatir la miseria es el antídoto más importante de una enfermedad que desangra a África

Se lo pregunté. Me contestó categóricamente que no. Los africanos son muy expresivos, pero en esa seguridad vi que la pregunta era molesta, y su respuesta, defensiva. «No, en Sierra Leona no hay ébola, eso ya se superó», me dijo Idriss. Era mayo, el brote todavía estaba muy localizado en la frontera y nosotros dábamos vueltas por Freetown sorteando atascos para llegar a las citas preparatorias del documental que quiero rodar allí. Idriss es cámara de televisión. Trabaja para equipos extranjeros. Sin embargo, su clientela ha bajado mucho según la guerra civil y sus heridas quedan atrás. A pesar de todo lo bueno que pueda ofrecer, Sierra Leona, como el resto de África, no interesa si no es asociada a los diamantes ensangrentados y otras desgracias. Supongo que estos días Idriss no para. El ébola ha vuelto a colocar a su pequeño país en los informativos.

Para quienes conocemos Sierra Leona, fue impresionante ver en la tele desiertas las calles de Freetown el pasado fin de semana. El toque de queda de tres días impuesto por el Gobierno logró lo imposible: eliminar el tráfico. En Freetown es endemoniado, proporcional a la dificultad para ganarse la vida con dignidad y a las carencias en infraestructuras básicas como transporte, acceso a agua potable, alcantarillado o un sistema de salud. Lo que ocurre es que si antes este hecho nos podía ser indiferente, el estallido del ébola demuestra que la pasividad es un lujo que ya no podemos permitirnos. Ya sea social, económica o sanitariamente, estamos todos interconectados: lo que les ocurre a ellos nos afecta a nosotros. Y viceversa.

Primero fue el colonialismo, hoy son las operaciones de nuestras empresas en sus caladeros de pesca, sus minas, bosques o yacimientos de petróleo. Tampoco hay que olvidar las equivocadas medidas del FMI hace unas décadas, que pusieron al borde del colapso a muchas sociedades africanas ya vulnerables, multiplicando tensiones que desembocaron en las cruentas guerras civiles del fin del siglo XX. Para compensar esa actitud depredadora, en los últimos años la inversión internacional en cooperación ha crecido enormemente, pero no nos exonera de corresponsabilidad en la lamentable emergencia sanitaria actual. Con total seguridad, si estuviésemos más presentes y de manera más constante en su lucha contra la desigualdad, brotes como el del ébola serían mucho más controlables y menos alarmantes. En especial los españoles no deberíamos ser tan olvidadizos, porque, como la llegada de inmigrantes demuestra, África queda muy cerca de nuestras costas.

Ahora Obama envía 3.000 soldados y 1.000 millones de dólares a Liberia, en parte con el generoso ánimo de cooperar y en parte por temor al potencial uso del virus como arma para el bioterrorismo en una región de frágiles equilibrios. Pero la erradicación del ébola no pasa por la militarización, sino por la erradicación de la pobreza. Hablo de una pobreza salvaje, la de Martha Conthe, 19 años, capitana de la selección femenina de fútbol de Sierra Leona y vecina de una de las muchas villamiserias de Freetown, de la que ni su habilidad para el balompié la ha salvado. Ahora, con la prohibición de los desplazamientos interiores y el cierre de fronteras, su única fuente de ingresos, los torneos y la liga, se ha evaporado. Me envía mensajes a diario y se me acaban las palabras de consuelo. Los mercados están desabastecidos y los pocos alimentos que llegan tienen precios estratosféricos. Porque ha ocurrido lo que Idriss se temía: el pánico al ébola ha paralizado la economía. Mañana la pobreza será todavía mayor.

Por si fuera poco, centrados los pocos hospitales existentes en este virus, se abandona la atención a las enfermedades olvidadas como el dengue, la malaria, la diarrea, la tuberculosis. Para que se entienda: si este brote de ébola ha matado a casi 3.000 personas (más o menos el 50% de las que la han contraído), la malaria mata a 600.000 al año y la diarrea a 1.600 niños por día. No podemos bajar la guardia. Los médicos nos los dicen: faltan medios para la profilaxis más elemental en el terreno. No hay batas, guantes, mascarillas ni desinfectantes, pero muchas mujeres africanas tienen que caminar horas para llevar a su casa agua del río o del pozo. Se puede comprender que el uso de ese bien deje poco espacio para medidas de higiene tal y como las conocemos nosotros.

Estos días los ciudadanos contribuiremos de nuestros bolsillos a las oenegés de manera tan solidaria como puntual, pero la mejor vacuna contra el ébola es el apoyo serio de un estado a otro estado, continuado, estable, riguroso y exigente también en la rendición de cuentas, la transparencia y el buen gobierno. El presidente Rajoy ha recortado hasta un 70% la inversión en cooperación internacional, como alertaba en marzo Oxfam-Intermón. No aceptemos la indiferencia. Está en juego la vacuna más importante: la que combate la miseria.

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