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La rueda

Romántica reina, marabú

Olga Merino

Un año de pérdidas, a las que se suma la de Peret, autor de la banda sonora de tantos veranos, desde aquellos viajes en 600 sin aire acondicionado, las ventanillas abiertas y el casete de la gasolinera a todo plan, «una lágrima cayó en la arena, la que quisiera, quisiera, encontrar». Peret sabe a verano, a los veranos de la inocencia, que se extinguieron en 1992, la misma noche en que el rey de la rumba y Los Manolos compartieron escenario en la clausura de los Juegos Olímpicos, «gitana hechicera, marabú, más guapa que el sol». Barcelona era poderosa en su apertura al mundo.

Tiene una enorme carga simbólica que el fallecimiento de Peret, compositor de aquella especie de himno, coincida con la muerte de las ilusiones forjadas entonces, un descontento cristalizado en la foto de los guiris en pelotas, cazada al vuelo por Vicens Forner (lean su crónica en Más Periódico, por favor), y en la reacción guerrera de la Barceloneta contra el turismo de borrachera. Sentí pena cuando las excavadoras demolieron los chiringuitos del barrio y el rompeolas, el espigón donde coincidían el amor sin casa y los pescadores de caña. Un problema personal, supongo, porque es irrenunciable el 10% del PIB por una nostalgia tonta hacia los mejillones del Porta Coeli. Pero quienes mandan, los de entonces y los de ahora, persisten en la improvisación, en reaccionar tarde y mal, cuando la degradación tal vez ya no tenga remedio. ¿Cerrar 35 apartamentos turísticos? Hace 20 años que deberíamos haber decidido qué queríamos ser de mayores, si Londres o Magaluf.

«Si estàs avorrit, fonts de Montjuïc. I per estar al cel, vine al Paral·lel. La que vol xicot, Mercat del Ninot. I per viure en pau, la Ciutat Comtal». Si el alcalde Trias volviera a escuchar la rumba, el gran himno del 92, advertiría que en lo más hondo de la canción palpita un amor loco hacia Barcelona por sus verdaderos usufructuarios. Tal vez la melodía le daría una pista.

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