Análisis

Una piedra en la mochila

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La señora Beitia, récord de España de salto de altura, dice que las atletas españolas deben competir como si llevaran una piedra en la mochila. Una imagen muy clara, pero que creo que se queda corta. A partir de los estudios del excelente equipo de sociología del INEF se puede afirmar que las atletas españolas -y las catalanas, eh- deben competir con una enorme roca en la espalda. Tan dura es la vida de nuestras atletas que lo de menos es el esfuerzo que deben hacer en las pistas.

Este es aún un mundo profundamente machista: las atletas más afortunadas son mileuristas, la mayoría pagan para hacer deporte. De ellas casi no se habla, no encuentran espónsores, a veces ni siquiera las admiten en un club. El deporte femenino está casi totalmente ignorado en unas televisiones que lo detienen todo por un partido de fútbol y se pasan horas comentando una jugada trivial.

En el sentido clásico del término, lo que invoca el deporte es el esfuerzo, la elegancia, el juego. Ahora esto no tiene ningún valor. Lo que interesa es el enfrentamiento, ganar como forma de liquidar al adversario si se puede. Hemos sustituido las guerras reales por las virtuales, y en este aspecto, bienvenido sea el deporte. Pero al mismo tiempo hemos negado sus rasgos más positivos, más nobles. En las escuelas, el juego ha sido sustituido por la competición, por el enfrentamiento entre machos. Y, claro, si lo que valoramos es la lucha, lo que hacen las mujeres es poco atractivo: ni siquiera se lesionan tan a menudo. ¡Qué aburrimiento!

Ahora se añade una nueva burla a la mochila de las deportistas: como guerrera no eres suficientemente dura y tu esfuerzo no nos conmueve. Pero si tienes un buen muslo y nos lo enseñas quizá te haremos un poco de caso. Tus récords no nos importan nada, pero tú puedes hacer bonito. Venga, haz el favor de ser un poco más sexi. ¿Volvemos a los roles de siempre? Los hombres, a competir; las mujeres, a estar buenas. Sometidas a lo que Amelia Valcárcel llama «la ley del gustar»: debes ser complaciente, no enfadarte, sonreír si te humillan, si te utilizan, si te desprecian. Ser como la rosa, que perfuma la mano de quien la corta.

Las mujeres nos enseñan otra manera de hacer deporte: no para ser estrellas ni para ganar millones, sino para superarse, las aplaudan o no. Un tipo de práctica que es precisamente la que habría que impulsar en la gente joven. La que, lejos de convertir al deportista en un objeto manipulado que se compra y se vende y termina tirándose, permite profundizar en ser un sujeto capaz del máximo control sobre sí mismo, en función de un proyecto propio.

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Plantar cara

Las deportistas han plantado cara, y espero que todas las ayudemos: que denunciemos a las instituciones sexistas, que boicoteemos a los medios que ignoren o maltraten los deportes de mujeres, que exijamos cambios en la educación deportiva desde la escuela. Que convirtamos la piedra en la mochila en un roc a la faixa. Lamentablemente, vivimos en una sociedad en la que ser amables y agradables no es entendido como una virtud sino, al contrario, como un signo de debilidad.