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El papel de Berlín en el mundo

Una atribulada potencia global

Carlos Carnicero Urabayen

¿Puede Alemania ejercer un liderazgo internacional y superar los miedos propios y ajenos?

Por si alguien tenía dudas de que la victoria en el Mundial de fútbol refuerza la proyección de Alemania como poder global, nada como echar un vistazo al palco del estadio de Maracaná el día de la final. ¿Pudo haber algo más estimulante para Angela Merkel que presenciar en directo la victoria de Alemania junto a Vladimir Putin, Dilma Rousseff y Cristina Fernández? Si los BRICS son las economías emergentes, Alemania es el poder global ascendente de nuestro tiempo.

En los días previos a la final, Merkel se desplazó a Pekín. Desde allí criticó, bajo la atenta mirada del primer ministro chino, Li Keqiang, a Estados Unidos y sus programas de espionaje, que han llevado a la cancillera a expulsar al jefe de la inteligencia norteamericana en Alemania. La puesta en escena, en la segunda capital de la geopolítica mundial, y su contenido dan buena cuenta de la confianza en sí misma que tiene la nueva Alemania.

Pero debajo del caparazón de esta renovada locomotora existe un largo y complejo proceso de revitalización nacional en un país acostumbrado a tener la autoestima baja y a hablar poco de sí mismo. Conviene recordar que hubo un tiempo en el que se podía reconocer en una conversación internacional a un alemán si se identificaba solo como europeo. Ser alemán era percibido como un estigma por la mayoría de los nacidos en el país de Goethe, atormentados bajo la sombra de la segunda guerra mundial. El escritor judío alemán Henryk M. Broder considera que Alemania «es una tierra fantasma que todavía vive a la sombra de Adolf Hitler». Der Spiegel resume: «Nada distrae más a los alemanes que la idea del retorno de Hitler, en la forma que sea».

El año que viene está previsto que se reedite, tras 69 años en la clandestinidad, el más célebre manifiesto generador de odio de la historia, Mein Kampf, escrito por Hitler en 1923 cuando cumplía condena en la cárcel por intento de golpe de Estado. A su muerte, 21 años después, se habían vendido 10 millones de ejemplares. El estado de Baviera, propietario del copyright, se ha negado siempre a editarlo de nuevo, pero sus derechos expiran el año próximo. El debate sobre la salida a la luz del panfleto está siendo intenso en Alemania, a pesar de que se puede adquirir fácilmente en países vecinos.

Si el estigma del pasado persigue a los alemanes, también ocurre lo mismo más allá de sus fronteras. Tras la apabullante victoria de Alemania sobre Brasil en las semifinales del Mundial (7-1), un diputado malasio, Bung Moktar Kadir, declaró en Twitter: «Bien hecho, bravo. Larga vida a Hitler». Un cómico norteamericano, Rob Delaney, comentó en la misma red social: «Calma, Alemania, ¡no son Polonia!». La foto de Hitler, o la de ella misma caricaturizada con el más famoso bigote alemán, ha recibido a Merkel cuando ha visitado algunas capitales, como Atenas.

La crisis del euro ha significado un antes y un después en este proceso de revitalización nacional. Si  Thomas Mann declaró en 1938 desde su exilio neoyorquino que la cultura alemana se encontraba allá donde él estuviera, el poder europeo reverbera ahora tras los pasos de la cancillera alemana. La capital de la UE está en Bruselas, pero las decisiones clave se toman en Berlín. El poder alemán en Europa es formidable, por su propio éxito económico y por la debilidad del resto, sobre todo Francia, tradicional contrapeso de Berlín y el Reino Unido, este con un pie fuera de la UE.

En todo caso, estamos ante una potencia sui géneris. Alemania es un formidable poder económico y al mismo tiempo un diminuto jugador en lo que los norteamericanos llaman power politics, la proyección de los intereses mediante la fuerza. No cumple con la recomendación de la OTAN de gastar en defensa (al menos) el 2% de su PIB, ni tampoco se muestra dispuesta a arrimar el hombro cuando se trata de participar en misiones militares (véase Libia o más recientemente Malí). Por cálculos económicos y energéticos, tampoco se ha mostrado dispuesta a elevar el tono sustancialmente ante Rusia, ni siquiera tras el derribo del avión de Malaysia Airlines en Ucrania.

Para un país democrático, ser un poder global exige una vocación de liderazgo compartida por la mayoría de la población y que incluya, cuando sea necesario, usar la coerción y la fuerza. Con las cautelas necesarias, siendo la legalidad internacional la más importante, un poder global debe estar dispuesto a liderar para lo bueno y para lo malo, en tiempos de paz y de guerra. Las preguntas están sobre la mesa. ¿Puede Alemania ser una potencia global y superar los miedos propios y ajenos? ¿Puede lograrlo sin alterar el siempre frágil equilibrio europeo?

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