01 abr 2020

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La clave

Martes 4 de agosto

Joan Manuel Perdigó

Aquel 4 de agosto cayó en martes. Cuentan que fue un verano especialmente caluroso, pero ese día, además, la tierra se abrió y se hizo el infierno. Hoy hace un siglo que comenzó la primera guerra mundial con todas las de la ley. Alemania invadió Bélgica para llegar rápido a París y el automatismo de las alianzas hizo el resto. El centenario de aquella barbarie se abre paso estos días entre los inquietantes tambores de guerra que suenan en demasiados puntos a la vez. El referente de la segunda guerra mundial está más presente en nuestro imaginario, pero en realidad nuestro mundo es más hijo de la contienda de 1914-18. Si leen estas líneas en el diario tradicional, no duden en profundizar sobre ello en esta misma página con el esclarecedor artículo del historiador Francisco Veiga (si no, lo hallarán en nuestra página web).

Del Tratado de Versalles (1919) salió una división del mundo que poco tenía que ver con los ideales de los 14 puntos del presidente de EEUU

Woodrow Wilson que, con el derecho de autodeterminación en el frontispicio, debían alumbrar una sociedad mejor. No fue el caso. Y menos en Oriente Próximo, con las interesadas fronteras que los vencedores trazaron. Entre ellas quedó un punto muerto, Palestina. El lugar ideal donde Occidente purgaría años después su culpa por el Holocausto que no supo impedir.

Escarmiento

Pasan las décadas y los palestinos siguen pagando por los pecados de otros. Este mes se cumplirá un siglo también de la destrucción de Lovaina (Bélgica) por los alemanes. Porque sí. No era objetivo militar, fue un escarmiento por una leve resistencia. Hoy observamos impertérritos como uno de los ejércitos más poderosos del mundo juega al tiro al blanco en Gaza, una cárcel al aire libre de la extensión del Maresme pero con el cuádruple de población. Caen las bombas, suman los muertos, y en Washington el sucesor de Wilson se afana en reponer la munición empleada en otra matanza de escarmiento. Eso sí, el  Nobel de la Paz ruega que se mate un poco menos (y más deprisa), que aún queda mucho periodista decente sobre el terreno para contar al mundo la carnicería.